—Los hombres no pueden comprender las angustias y las ambiciones de las mujeres de ahora. Necesitamos para vivir muchísimo mas que las hembras de otros tiempos. El automóvil y el collar de perlas son el uniforme de la mujer moderna. Sin ellos, toda la que reflexiona un poco y puede darse cuenta de su situación se siente infeliz… Yo los tuve algunas veces, pero sin tranquilidad, «sin solidez», temiendo perderlos al día siguiente. Como todos necesitamos escuchar, para seguir viviendo, la canción de la esperanza, espero ahora que mi marido ganará aquí una fortuna, ¡no sé cuándo!… y esto me hace soportar el horrible destierro.
Luego continuó con tristeza:
—¿Y qué ganará?… Centavos tal vez, cuando usted lleve ya ganados miles y miles de pesos… ¡Ay! Yo merecía otro hombre.
Volvió á levantar la cabeza para sonreir melancólicamente mirando al español.
—Tal vez mi felicidad hubiese sido encontrar un compañero como usted: animoso, enérgico, capaz de domar á la fortuna rebelde… Y á usted, para ser un verdadero triunfador, le ha faltado una mujer que le inspirase entusiasmo.
Robledo sonrió á su vez con aire bonachón.
—Ya es tarde para hablar de esas cosas…
Pero ella le miró fijamente, al mismo tiempo que protestaba de su desaliento. Nunca es tarde en la vida para nada. Los hombres enérgicos son como ciertas tierras exuberantes del trópico, en las que se conoce la muerte pero no la vejez, renovándose sobre ellas una primavera incansable. Disponen de la voluntad que manda á la imaginación, y la imaginación es un pintor loco que anima con los colores de su paleta el lienzo gris de la realidad.
Elena, al hablar así, había aproximado su rostro al de él. Sus ojos parecían querer penetrar en los ojos de Robledo. Éste, por un momento, sintió cierta turbación; pero se repuso en seguida, haciendo un gesto negativo.
—Muy interesante lo que usted dice, amiga mía, pero los hombres verdaderamente enérgicos no gustan de resucitar falsas primaveras, por las complicaciones que esto trae.