Continuaron hablando. Ella quiso recordar otra vez su pasado.
—¡Si yo le contase mi historia!… Todas las mujeres tienen la pretensión de que su vida ha sido una novela, que sólo necesita ser contada con cierta habilidad para que interese al mundo entero. Yo no aspiro á que mi pasado sea interesante; únicamente lo creo triste, por la desproporción que siempre hubo en él, entre lo que yo creo merecer y lo que la vida ha querido darme.
Se detuvo un momento, como si acabara de ocurrírsele una idea penosa.
—No crea usted que soy una de esas advenedizas hambrientas de goces y comodidades, por lo mismo que no los conocieron nunca. En mí ocurre lo contrario: necesito el lujo y el dinero para vivir porque me rodearon al nacer. Fui rica en mi infancia y pobre en mi juventud. ¡Lo que he luchado para ocupar otra vez mi antiguo rango y vivir de acuerdo con mi primera educación!… Y la lucha continúa… y las catástrofes se repiten… y cada vez me veo más lejos del punto de donde partí. Ahora estoy en uno de los rincones más olvidados de la tierra, llevando una existencia casi igual á la de las gentes que vivieron en los primeros tiempos de la Historia. ¡Y todavía me censura usted!…
Robledo se excusó.
—Yo soy su amigo, el amigo de su marido, y lo único que hago es avisarla al verla marchar en mala dirección. Considero peligroso el juego que se permite usted con esos hombres.
Y señaló á los tres personajes de la Presa, que seguían hablando con
Torrebianca.
—Además, antes de su llegada, la vida era aquí un poco monótona, pero tranquila y fraternal. Ahora, con su presencia, los hombres parecen haber cambiado; se miran hostilmente, y temo que sus rivalidades, hasta el presente algo pueriles, terminen de un modo trágico. Usted olvida que vivimos lejos de los demás grupos humanos, y este aislamiento nos hace retroceder poco á poco á la vida bárbara. Nuestras pasiones, domesticadas por la existencia en las ciudades, pierden aquí su educación y saltan en libertad. Mucho cuidado con ellas; es peligroso tomarlas con motivo de juego.
Elena rió de sus temores, y hubo en su risa cierto desprecio, no pudiendo comprender tal pusilanimidad en un hombre fuerte.
—Déjeme que tenga mi corte. Necesito estar rodeada de admiradores, como les ocurre á los grandes artistas vanidosos. ¿Qué sería de mí si me faltase el placer de la coquetería?…