Poco tiempo después emprendo mi peregrinación á la Montaña Sagrada.

Un río, el mismo que seguí anoche sin verlo, separa á ésta del pueblo de Niko. En la penumbra azul de las primeras horas diurnas suenan ahora las voces de sus frías cascadas más alegremente y con menos misterio, elevándose sobre cada una de ellas columnas de vapor blanco.

Dos puentes arqueados se tienden de orilla á orilla. El mayor es de piedra, y fué construído para que las muchedumbres devotas pudiesen llegar á la Santa Montaña en sus peregrinaciones. El otro es el Puente Sagrado, y sólo lo pisa el emperador. Tiene adornos de bronce color de oro y el rojo brillante de su laca parece absorber la luz.

Hace muchos siglos, cuando la Santa Montaña era un lugar abrupto donde vivían dedicados á la meditación numerosos ascetas, llegó á orillas de este río un sacerdote budista de grandes virtudes, ansioso de quedarse para siempre en tal desierto. El río le cortó el paso, y al lamentar á gritos la presencia de este obstáculo que no le permitía recogerse en el santo lugar, surgió de la arboleda inmediata una enorme serpiente roja, y tendiéndose entre las dos orillas se arqueó en la misma forma de los puentes japoneses para que el sagrado personaje pasase sobre su lomo. Al pisar la ribera opuesta volvió el bonzo sus ojos para dar gracias al monstruo benéfico, pero éste acababa de disolverse hecho humo.

En memoria de tal prodigio construyeron los emperadores el Puente Sagrado, cuyo color y arqueamiento recuerdan á la serpiente roja. Por aquí pasaban los antiguos Mikados en sus procesiones á la Montaña Sagrada, precedidos de una escolta de guerreros de dos sables, que hacían volar las cabezas de los imprudentes cuando no se echaban de bruces en el suelo y pretendían ver al nieto de los dioses.

Me entretengo en examinar el puente, laqueado y dorado como un mueble japonés. Dos fuertes estribos de granito surgiendo de las entrañas espumosas del río afirman la estabilidad de este viaducto elegante, tan frágil en apariencia que parece va á mecerlo el viento como una hamaca de curva invertida.

Se acerca á mí un fotógrafo que va con kimono negro y ha abrigado su máquina, de una lluvia finísima, bajo enorme paraguas de papel. Pasa el día junto al puente rojo retratando á los compatriotas que llegan de todo el archipiélago para conocer la Montaña Sagrada. «Quien no ha visto Niko—dice un refrán japonés—, que no use la palabra «maravilla».

Varios niños con kimono á redondeles y las piernas lívidas de frío pasan hacia una escuela inmediata. Al ver que el fotógrafo se dispone á trabajar, hacen alto, me sonríen con sus caras de luna llena, contraen los ojitos oblicuos, hasta no ser éstos mas que delgadas rayas, y se van aproximando poco á poco, humildes y suplicantes. Desean retratarse conmigo. Nunca verán la fotografía, pero les parece algo extraordinario, que los coloca por encima de todos sus camaradas, alinearse ante un aparato fotográfico al lado de un occidental.

Mientras los más tímidos miran á distancia, tres de ellos se colocan á mi lado, esperando con una tiesura militar el término de la importante operación.

Más allá del puente de los peregrinos empieza á desarrollarse la incomparable majestad vegetal de la Montaña Sagrada. Los árboles se apoyan unos en otros, como si fuesen arbustos, escalando la atmósfera tumultuosamente para buscar el aire libre y la luz.