No sé cómo será en verano este paisaje santo, cuando llegan las grandes peregrinaciones y se desarrolla una larguísima procesión en honor de los Shogunes. Durante los meses del invierno, el sol únicamente consigue tocar el suelo de las avenidas más amplias. En el resto de la Selva Sagrada se pierden sus rayos entre el ramaje eternamente fresco de una arboleda que cuenta varios siglos, mucho más vieja que los criptomerios tricentenarios del camino que conduce á Niko.
Se avanza por las sendas laterales bajo una luz verdosa igual á la de los fondos submarinos. Las ramas forman cúpula, y solamente en algunos espacios más abiertos se puede ver el cielo como si se contemplase desde el fondo de un pozo.
Los cedros japoneses, altos y rectilíneos, parecen obeliscos. Son iguales á las columnas de las portadas sacras llamadas toris. Al avanzar por las suaves pendientes se van columbrando los esplendores que la religiosidad acumuló en este lugar. Asoma entre el ramaje la punta de una torre formada por varias pequeñas pagodas superpuestas; más allá un grupo de linternas de granito cubiertas de musgo ó una imagen solitaria de Buda con una aureola á su espalda en forma de almendra, que parece el respaldo de un sillón.
En esta selva siempre húmeda, las dos notas repetidas incesantemente son el canto del agua y el verde aterciopelamiento del musgo que cubre las piedras, los troncos de los árboles, las bases graníticas de las pagodas, los patios enlosados, los pavimentos de los caminos, los peldaños de las escalinatas. Este paño vegetal, tejido por el tiempo y la humedad, lo invade todo sin obstáculos. Los bonzos guardadores de la Montaña Sagrada lo respetan como si fuese algo litúrgico, y ayudan á su conservación, limpiándolo de insectos, rastrillándolo, como un jardinero inglés puede cuidar el césped de su parque.
Antes de llegar al mausoleo en memoria de Yeyasu, compuesto de diversos templos escalonados en mesetas, hay algunos santuarios que son como avanzadas de las construcciones ocultas más arriba, entre los cedros. Estos primeros templos serían admirables en otro lugar; aquí resultan secundarios y pobres. Oímos los cánticos y los repiques de timbal de los bonzos que oran en su interior; pero, siguiendo los consejos del guía, continuamos adelante.
Al lado del camino hay pinos y cedros enanos, que dan sombra á pequeñas imágenes de Buda ó de la diosa de la Misericordia, la Kuanon japonesa, que equivale á la Avaló-Kistesvara de los indostánicos.
Estos pequeños arbustos tienen en sus ramas unos papelitos de arroz, hábilmente plegado, como las papillotas con que en otros tiempos preparaban las mujeres los rizos de su peinado. Todos ellos contienen peticiones á la divinidad. Mis acompañantes afirman que los más son de muchachas que escriben en ellos su nombre y su dirección, pidiendo á los dioses un buen marido.
De este modo, los tímidos ó los que no tienen padres que les busquen esposa pueden saber quiénes son las musmés que ansían casarse, y el arbusto sagrado sirve de agente matrimonial.
XX
LA SELVA DE LAS PAGODAS DE ORO
El mausoleo del Shogun Yeyasu.—La Puerta del Día.—Los gestos de los Tres Monos.—Oro, oro, siempre oro.—Los dos sargentos japoneses.—El templo carcomido y sus bonzos pobres.—Ceremonia sintoísta en la soledad de la selva.—La sacerdotisa de sotana roja baila «El camino de los Dioses».—Me pierdo en las espesuras de la Santa Montaña.—«¡Arigató!»—Lucha de cortesías con un japonés.