Una estrecha escalera de granito se aparta de estos recintos suntuosos para remontarse á través de la vegetación. En la cumbre, al final de ella, hay otro templo, y detrás un corte vertical de la roca con una puerta de bronce que no se abre nunca. Al otro lado de esta lámina metálica es donde reposa simplemente dentro de una caverna el hombre amarillo en cuyo honor se han acumulado abajo tantas magnificencias.
Paralelo á este mausoleo existe en la misma ladera de la montaña una segunda aglomeración de templos en honor de Yemitsu. Son no menos brillantes y bien conservados que los del primer Shogun, pero la tumba de éste atrae con preferencia á los visitantes.
Fatigados del esplendor de tanto oro, de la artística fragilidad de unas paredes tan primorosamente talladas que parece van á temblar al menor soplo del viento cual si fuesen de telarañas, sentimos un vivo deseo de perdernos en las revueltas de la selva. Seguimos una avenida solitaria, en la que trabajan algunos barrenderos vestidos de kimono. Todos mueven á un tiempo, con militar precisión, sus escobas de ramaje, amontonando las hojas secas. El sol está muy alto, y únicamente á esta hora casi meridiana consigue pasar como una lluvia finísima entre el follaje de los criptomerios seculares.
En esta avenida, otro fotógrafo, vestido igualmente de kimono y con un paraguas de papel sobre su máquina, se prepara á retratar á dos sargentos. Son unos mocetones vigorosos, de estatura mediocre en otros países, mas aquí extraordinariamente aventajada dentro de un ejército de soldados bravos pero chiquitines. Al ver que nos fijamos en sus personas, sonríen cortésmente, y no pudiendo ofrecernos otra cosa, nos invitan á que nos retratemos con ellos.
El fotógrafo se ve obligado á exigirles que se pongan serios. Ríen como niños, pareciéndoles aventura muy graciosa fotografiarse con una señora rubia y dos hombres blancos. Han venido sin duda de alguna guarnición lejana, aprovechando una licencia, para conocer las maravillas de Niko. Cuando abandonen el ejército y vuelvan á sus campos se acordarán siempre de esta peregrinación y de los tres occidentales sin nombre que conocieron unos minutos nada más y han quedado para siempre con ellos en la misma fotografía.
Repetidas veces volvemos á encontrarlos en el curso de la mañana al pasear por la selva. Como existe entre nosotros el obstáculo del idioma, se limitan á enseñarnos los dientes, con pequeños rugidos de amistad, y siguen adelante.
Observo lo que hacen estos modestos representantes del Japón moderno, que copió del mundo occidental todas las perfecciones tácticas y mecánicas para hacer la guerra y difundir la muerte. Van de una pagoda á otra, con el deseo de no marcharse sin haberlas visitado todas. Quedan erguidos un momento al pie de cada escalinata; se llevan una mano á la visera de su gorra; luego se quitan los pesados zapatos de ordenanza y penetran respetuosamente en el templo, no sin haber tirado antes la cuerda del pequeño esquilón que hay en la portada para avisar á los dioses su visita. Si no encuentran campana, dan dos palmadas y entran, para volver á salir momentos después.
Yo creo que no se enteran de si el santuario es budista ó sintoísta. Para ellos resulta lo mismo. Si en la Sagrada Montaña hubiese capillas cristianas, las visitarían seguramente con la misma tranquilidad respetuosa. Les basta que cada edificio sea un lugar frecuentado por las gentes desde hace siglos y permitido por el Mikado. No necesitan más para adorar al habitante invisible de la santa construcción.
Mis compañeros regresan al hotel y yo marcho solo por los caminos verdes y rumorosos. El sol dora sus cimas, mientras abajo persiste la luz vagorosa y suave, de profundidad acuática. Siguiendo las inquietas siluetas de dos venados juguetones salidos de la espesura, que trotan sin miedo cerca de mí, acostumbrados al respeto de los transeuntes, desemboco de pronto en una explanada silenciosa.
Debe ser uno de los lugares menos frecuentados de la selva. Estoy, sin embargo, cerca de la gran avenida que conduce al mausoleo de Yeyasu. Sobre las copas de los árboles veo asomar la flecha terminal de una torre que un rico samurai elevó en honor del gran Shogun. Más bien que torre, es una superposición de cinco pagodas de laca roja, montadas una sobre otra y cada vez más pequeñas. Sus aleros salientes, encorvados en las puntas, forman una escalinata aérea.