En esta explanada de poco tránsito veo un templo enorme de madera, mal cuidado, que me atrae con la seducción de las cosas viejas, cuya decrepitud revela un pasado glorioso. Aquí los oros y las lacas ya no brillan. En algunas columnas la costra coloreada y luminosa se ha desprendido, viéndose la rugosidad obscura de su madera interior.
Junto al templo hay una barraca que sirve de boncería. Unos sacerdotes jóvenes, con perfil agudo de fanático, se meten en la casa, sorprendidos y molestados por la inesperada presencia de un occidental.
Adivino que estoy ante un verdadero templo de la Sagrada Montaña, al margen de la gran corriente de viajeros que la visita. Estos bonzos tienen un aspecto menos cortés y sonriente que los otros instalados en los santuarios del doble mausoleo de los Shogunes. Parecen muy pobres y ásperamente altivos. Deben odiar al extranjero, y no tenderán la mano, como los sacerdotes de arriba, para mostrar su pagoda.
Se abren las hojas de papel de una ventana y veo un rostro femenino: una mujer carillena, con grietas concéntricas en torno á los ojos y la boca. Pero estos ojos, grandes, expresivos, casi horizontales, no parecen de japonesa. Su rostro me hace pensar en una manzana inverniza, gorda, obscurecida por el tiempo y de piel arrugada. Como es hembra sonríe, hasta para expresar sorpresa ó molestia. Lleva los dientes cubiertos de oro, pero sin duda masca betel, y éste ha obscurecido el metal, dándole la opacidad del cobre.
Me paseo en la explanada, fingiendo interés por los árboles que la bordean. Subo la escalinata del templo, pero no me atrevo á pisar su último peldaño, en el que se apoyan los troncos-columnas sostenedores de la techumbre. Todo su interior queda visible. Sólo hay en él algunos biombos blancos con inscripciones niponas y una mesa dorada en el centro, que guarda ciertos objetos dedicados indudablemente al culto.
Vuelvo á descender y continúo mis lentos paseos. Me avisa un instinto obscuro que debo permanecer aquí, en espera de algo extraordinario. Adivino entre las hojas entornadas de las ventanas de papel ojos que me espían con la esperanza de verme lejos. Transcurre el tiempo, y al fin aparece en el interior del santuario una especie de insecto enorme, blanco de cuerpo, las alas verdes y la cabeza negra. Es un bonzo, que acaba de llegar por una galería cubierta que une la casa de los sacerdotes con el templo.
Va de un lado á otro, como un sacristán que prepara lo necesario para una ceremonia litúrgica. Luego resuena un golpe metálico de gong. Es la campana anunciando los oficios á una concurrencia de fieles que no ha de llegar nunca; pero el llamamiento se repite todos los días por exigencia ritual, excitando el canto de los pájaros en la arboleda inmediata, atrayendo la inocente curiosidad de los ciervos de la selva.
Adivino la indignación que provoca mi persona. Me han visto llegar en el momento preciso de su ceremonia. Tal vez la han retrasado para librarse de mi odiosa presencia. Convencidos de mi tenacidad toman la resolución de ignorarme, y á partir de tal momento me reconozco inferior á ellos. No existo. Estos sacerdotes repiten sus palabras y ademanes de todos los días convencidos de que solamente tienen á sus espaldas la arboleda, con sus enjambres de pájaros y sus cuadrúpedos dulces.
Se repite el golpe de gong. Dos bonzos entran en la pagoda, abierta por ambos frentes, y á través de cuyas columnas pasa la brisa de la selva esparciendo rumores de actividad alada y perfumes vegetales.
Llevan una vestidura blanca, semejante al alba de los sacerdotes católicos; encima una dalmática verde de mangas cuadradas, y en la cabeza un gorrito negro de dos puntas, en forma de tejadillo, con una borla en su frente, igual al antiguo gorro de cuartel de los militares. Se sientan en el suelo, con las piernas cruzadas, á un lado de la mesa que hace veces de altar.