Esta danza en honor de los Antepasados debe guardar una significación simbólica que yo no comprendo. Luego creo adivinarla al oir cómo acelera sus redobles el timbal, imitando el trote de un caballo, la marcha ordenada de una hueste, algo que significa camino y viaje. Al mismo tiempo, la boncesa se pone en un hombro el palo de las cintas blancas, como si fuese un bastón de viajero, y mueve el brazo izquierdo, acompañando sus pasos largos, lo mismo que si emprendiese un avance de horas, de años, de siglos. Esta danza debe expresar «El camino de los Dioses», base de la religión sintoísta, el sendero más allá de la tumba que sigue todo japonés para encontrar á su término una vida nueva de personaje divino.
Acelera sus ritmos el timbal de un modo vertiginoso, y la danzarina ya no marcha cadenciosamente: corre, da saltos, se enardece con su propio movimiento. El vértigo va apoderándose de ella, hasta que al fin se desploma como un insecto rojo, abriendo sobre el suelo las alas blancas de sus brazos. Tendida de bruces, se nota el jadear de su costillaje dorsal, se adivina la respiración de su rostro invisible. El sacerdote se levanta, ella hace lo mismo, repentinamente serenada, y los tres salen en fila del templo, por el pasillo que conduce á la boncería.
Quedo solo y avergonzado por esta indiferencia hostil. Ni la más leve mirada de los seis ojos oblicuos antes de alejarse. Hasta los dos venados han huído de la plazoleta. Creo llegado el momento de desaparecer á mi vez, y me alejo del carcomido templo sin saber adónde voy, siguiendo al azar todo camino que se abre ante mis pasos.
Al poco tiempo me doy cuenta de que me he extraviado en la Selva Sagrada, y no podré salir de ella sin ayuda.
Encuentro pequeños santuarios, cerrados y silenciosos, que no había visto antes. Todos los caminos parecen iguales. Sólo se diferencian por la estabilidad de su suelo. Las avenidas anchas, á cuyo fondo desciende el sol, son de una tierra ligeramente húmeda, en la que se puede marchar fácilmente. Los senderos estrechos están empapados aún por la lluvia de la noche anterior, y la tierra pegajosa forma en torno de los pies bolas enormes de barro, patas grises de elefante.
Convencido de que cada vez me extraviaré más si continúo andando, espero junto á un Buda de piedra roída, nimbo ojival y zócalo de musgo, el tránsito de algún japonés que se apiade de mí. En lo alto de las murallas verdes, los rayos del sol indican que ya ha pasado el mediodía. Pienso con envidia en mis amigos, que estarán almorzando á esta hora.
Se presenta el hombre providencial: un japonés vestido á la antigua, con kimono obscuro á redondeles blancos y zuecos en forma de banquitos.
—¿Kanaya Hotel?—pregunto con telegráfica concisión para que me entienda.
Él sonríe, y con una mímica precisa me va indicando la marcha que debo seguir: primeramente un sendero á mi izquierda, luego otro á la derecha, hasta que llegue al río.
Siento necesidad de expresarle mi agradecimiento en una forma extraordinaria, la mejor que pueda encontrar. El desprecio con que me trataron los bonzos me ha hecho humilde, con un encogimiento cortés de asiático. Apoyo las manos en mis rodillas, luego me inclino como si fuera á echarme de cabeza en el suelo, y digo por dos veces: