—¡Arigató! ¡arigató!...
Es una de las palabritas que aprendí en el buque: «¡Muchas gracias!», en japonés.
Mi salvador, sorprendido y agradablemente impresionado al oirme hablar en su idioma, lanza una risotada que en Europa resultaría ofensiva. Pero el japonés ríe siempre; considera el gesto triste, cuando se dirige á un extranjero, como algo incompatible con la buena crianza. La risa acompaña sus más diversas y contradictorias manifestaciones. Es igual al silbido del norteamericano, que le sirve indistintamente para expresar su entusiasmo ó su protesta. Yo he visto japoneses reir mientras me explicaban los horrores del terremoto en Yokohama y Tokío. Pero su risa era una cortesía, y á través de ella se dejaba adivinar la emoción profunda del narrador.
Ríe este transeunte de satisfacción, halagado en su vanidad patriótica, porque cree encontrar un occidental que conoce su lengua. Empieza á hablarme, mientras hace profundas reverencias, con la certeza de que puedo entender su facundia creciente. Yo no hago otra cosa que repetir mis doblegamientos á la japonesa y mi única palabra de gratitud. Calla al fin, convencido de mi ignorancia, mas no por esto cesan sus cortesías.
Uno de los dos se cansa antes que el otro de encorvar su espinazo... Al fin, me veo siguiendo la dirección indicada por él. Vuelvo mis ojos para contemplar por última vez á este hombre de risa franca y alegría infantil que me ha socorrido cortésmente, cuyo nombre ignoro, y al que no volveré á ver nunca en mi existencia.
Está inmóvil en medio del sendero, y al notar que le miro, se inclina otra vez, reanudando sus ceremoniosos saludos. Yo hago lo mismo... Y todavía cruzamos una media docena de reverencias, queriendo cada cual ser el último.
No se me ocurre sonreir, ni aun en el momento presente, al recordar tal escena. Las cosas de nuestra vida son grotescas ó no lo son, según su ambiente.
Todas estas manifestaciones, de una buena crianza refinada hasta el exceso, se desarrollaron en el corazón de la gran isla japonesa, en la famosa Montaña Sagrada, en Niko la de las maravillas, teniendo por únicos testigos árboles de trescientos años, oyendo cantar las mil voces del agua sobre una tierra cubierta de pagodas y de musgos.
XXI
KIOTO LA SANTA
El camino de los criptomerios.—Una maravilla que va á desaparecer.—Historia heroica de los cuarenta y siete samurais.—Zapatillas gratuitas en el tren.—Las pagodas de Kioto.—Cuatro cables de pelos de mujer.—Las ceremonias del culto budista y su rara semejanza con las del culto católico.—El tradicionalismo de Kioto.—Un perro xenófobo.—Las calles del alegre Yosywara.—Los teatros.—Actrices-hombres.—Mi encuentro ante un cinematógrafo.