Salimos de Niko por el camino de los criptomerios, yendo á tomar el tren en una estación situada á diez kilómetros. No queremos marcharnos de este país sagrado sin recorrer la cuarta parte de un camino que no tiene semejante en el resto de la tierra.

Para prolongar el espectáculo prescindimos del automóvil que nos ofrecen en el hotel y vamos en koruma. Los conductores están descansados y se han puesto ligeros de ropa para tirar mejor, conservando únicamente la chaqueta azul de mangas perdidas y el vendaje entre las piernas, desnudas y musculosas.

Corremos por un camino hondo, entre dos filas de obscuros obeliscos vegetales, que casi se tocan. Un tránsito de tres siglos ha ido profundizándolo, y por encima de nuestras cabezas vemos las tortuosas raíces de los cedros gigantescos. El verdadero tronco empieza más arriba. A pesar de sus proporciones extraordinarias, estos árboles venerables tiemblan con el más leve estremecimiento atmosférico. Tienen la inseguridad de los dientes viejos en torno á cuyas raíces se ha ido descarnando la encía.

Muchos cayeron, y hay en la doble hilera grandes claros, viéndose á través de tales ventanas la campiña dorada por el sol de la tarde. Otros están aún de cuerpo presente, y hay que pasar por debajo de ellos, á causa de hallarse tendidos como una pasarela entre los dos ribazos. Nos dicen que los derribó hace poco uno de los tifones ó tornados que devastan todos los años el archipiélago japonés.

De tarde en tarde se interrumpe el desfile de colosos vegetales, y salimos de la penumbra vespertina que reina entre ellos. En estos espacios libres hay aldeas con acequias surcadas por escuadrillas de patos, vetustos santuarios de piedra rematados por tejadillos que tienen sus angulosidades en forma de cuerno, cementerios cuyas estelas copian la forma de los hongos.

Una sensación de inseguridad y peligro nos acompaña mientras avanzamos entre los cedros tricentenarios y sus raíces casi descuajadas. Es una inquietud igual á la del visitante de un viejo palacio con muros rajados, cuyos pisos tiemblan y se encorvan bajo los pasos. No obstante tal molestia, el espectáculo majestuoso que ofrece esta arboleda secular de cuarenta kilómetros, escalando las colinas y descendiendo á los valles hasta perderse en el infinito, es algo extraordinario que puede llamarse «único».

Se entristece el viajero al pensar que todo esto desaparecerá dentro de algunos años. Los cedros caen, sin que nadie los reemplace. La enorme línea de criptomerios ya está desportillada, con numerosos vacíos, como una dentadura vieja. Viendo los grupos de niños japoneses que se muestran en lo alto de los ribazos y agitan una banderita de su nación, gritándonos «¡Banzai!», pienso que cuando lleguen á mi edad ya no existirá esta doble muralla vegetal, que es una de las maravillas de la tierra. Yo no lo veré más, pero he llegado á tiempo para admirarla con mis ojos. Los que vivan en la mitad del siglo actual sólo la conocerán de oídas, por los recuerdos de los ancianos de entonces.

Paso un día en Tokío antes de seguir mi viaje á las ciudades del Este del Japón. Quiero visitar, por curiosidad literaria, una vieja pagoda de sus alrededores, donde se suicidaron heroicamente los cuarenta y siete samurais.

Algunos lectores tal vez no conozcan esta historia de honor y de heroísmo, que es para los japoneses algo así como el Romancero del Cid para los españoles.

En la primera mitad del siglo XVII, el cortesano Kotsuké, amigo del emperador, después de haber insultado al príncipe Akao, negándose á darle una satisfacción por las armas, consiguió, gracias á su situación influyente de palaciego, que el Mikado condenase á muerte á este príncipe bueno, atribuyéndole un delito del que era inocente. Cuarenta y siete samurais, compañeros y vasallos fieles del ejecutado, juraron vengarle á costa de la vida si era necesario, y abandonando sus casas, sus esposas é hijos, se dedicaron á preparar y realizar tal designio con una tenacidad inaudita, guardando su secreto durante veinte años.