El traidor Kotsuké, sospechando los planes de estos hidalgos que permanecían invisibles, pasó muchísimo tiempo inquieto y en perpetua defensiva, rodeado de un pequeño ejército de guerreros á sueldo y habitando siempre palacios fortificados. Pero al transcurrir veinte años sus desconfianzas se adormecieron, dejó de creer en la existencia de los vengadores, y una noche de invierno, cuando dormía en su palacio, ya mal guardado, vió aparecer á los cuarenta y siete samurais en torno de su lecho, con sus dos sables atravesados en la cintura, con sus yelmos y corazas que imitaban hocicos de fiera y coseletes de insecto.

Sin olvidar las reglas de la cortesía japonesa y con las ceremonias propias del caso, recordaron al traidor sus crímenes y le cortaron luego la cabeza, llevándola á la tumba de Akao, situada en la pagoda que yo visito. Antes se cuidaron de lavarla en una pequeña fuente inmediata á dicho templo. Los cuarenta y siete fueron después en busca de sus jueces y éstos los condenaron á muerte, de acuerdo con la ley; pero admirando al mismo tiempo su fidelidad, les concedieron que se matasen ellos mismos abriéndose el vientre.

Después de haberse dado el beso de despedida, tomaron asiento en las gradas de la pagoda, cerca de la tumba de su señor, y fueron haciéndose tranquilamente el Hara-Kiri. Otros samurais, compañeros de armas, les dieron en el pescuezo el sablazo decapitante, al mismo tiempo que cada uno de ellos se rajaba el vientre con su puñal, echando afuera las entrañas... Y cuarenta y siete cuerpos rodaron por las gradas con los estertores de la agonía, esparciendo una cascada de sangre.

Hoy sólo resta de dicha tragedia las tumbas de sus protagonistas junto á una pagoda de madera obscura y carcomida. Cerca de su escalinata se ve la fuente musgosa, donde lavaron los vengadores la cabeza del traidor. Ningún japonés introducirá en esta agua sus brazos ni sus piernas. Los cuarenta y siete fueron declarados por el Mikado, años después, santos y mártires, y desde entonces su historia es escuchada por todos los niños del Japón. Muchas familias van en romería á las tumbas de estos héroes de poema, que supieron morir en masa, con el suicidio horrible de las antiguas gentes de honor.

Paso una noche en el tren entre Tokío y Kioto. Recorro los diversos vagones para ver cómo viajan los japoneses.

Hombres y mujeres se despojan á las pocas horas de sus disfraces occidentales y visten el kimono, librándose igualmente del calzado. Les fatiga sentarse como nosotros. Deben sentir un cansancio semejante al que sufren los blancos cuando las circunstancias los obligan á colocarse en el suelo con los muslos cruzados. Todos los japoneses suben finalmente sus piernas sobre la banqueta y se instalan como lo exige su comodidad, ó sea poniéndolas en cruz y apoyando las posaderas en sus talones. Así los asientos parecen estantes de vitrina con figuras de porcelana, que mueven las cabezas siguiendo los vaivenes del tren.

Todos los vagones tienen en su pasillo central unos embudos que dan sobre la vía. Esto facilita el barrido que los empleados deben repetir con frecuencia. Al mantener los viajeros sus pies sobre las banquetas, poco les importa la suciedad del suelo, y éste se va cubriendo de mondaduras de frutas y de papeles impregnados de grasa, que han servido de envoltura á los bentos.

En el vagón-dormitorio, apenas cierra la noche, el empleado se preocupa de nuestros pies. Como este es un país de gran higiene «pedestre», donde se marcha sin zapatos en todo lugar cubierto, sea templo ó simple vivienda particular, las gentes no gustan de permanecer muchas horas con sus extremidades calzadas. El servidor del vagón me ofrece unas zapatillas de lana blanca, escrupulosamente limpias. Luego hace igual regalo á los otros ocupantes del coche. La compañía del ferrocarril, al mismo tiempo que vende una cama al viajero, le proporciona las zapatillas.

Cuando despierto, cerca de Kioto, veo la llanura dividida en campos de arroz, pequeños y bien trabajados. El agua encharcada parece reir bajo el sol con sus estremecimientos luminosos. Más allá, los campos son de hortalizas, pero siempre en reducidas parcelas, alineadas y cuidadas como un jardín. Es una agricultura meticulosa que puede llamarse de miniatura. Se abren en el horizonte las copas azules de varios lagos entre colinas cubiertas de bosquecillos. Todo es pequeño, gracioso, frágil, y sin embargo, revela una observación de siglos, una voluntad tenaz, para conseguir que el suelo dé los mayores rendimientos.

Visitamos las grandes pagodas en nuestras primeras correrías por Kioto.