La música continúa sonando, con una cadencia que incita á mover los pies. Las parejas, por momentos más numerosas, bailan y bailan. Una idea fúnebre me obsesiona en medio del sonoro regocijo. ¿A quién le tocará morir de todos los que vamos en este buque, amos y servidores?...

Porque es indudable que alguno de nosotros va á quedar en el camino. No se da la vuelta al planeta, desafiando tantos mares, tantos países de fiebre y la inadaptación á tan diversas temperaturas, sin que alguien caiga. La Aventura, diosa seductora y cruel, acepta la aproximación de sus devotos, pero exigiéndoles el tributo de alguna víctima.

La parte más interesante de Nueva York se desarrolla de pronto ante mis ojos, el vértice del triángulo, la llamada ciudad baja, donde están los Bancos, las oficinas célebres.

Edificios de numerosos pisos, que en otra parte serían admirados como gigantescas construcciones, se encogen aquí, con la humildad de una casita rústica, al pie de los palacios-montañas.

¡Adiós, ciudad en la que todo es desmesurado, más allá de las ordinarias dimensiones humanas, virtudes y defectos, generosidades y miserias; donde todo se renueva incesantemente y el desinterés heroico sucede al egoísmo brutal, así como la triunfante verdad reemplaza al testarudo error!

¡Adiós, urbe de los milagros, patria de magos, creadores de los más asombrosos inventos de nuestro siglo; poetas de la acción, que despreciasteis la palabra «imposible», trabajando con la fe de los antiguos alquimistas para transmutar el ensueño quimérico en realidad luminosa!

¡Adiós, Nueva York, que venciste á la noche!

III
MI CASA ERRANTE

Un vapor sin polvo de carbón.—Desde la quilla á la última cubierta.—La piscina del «Franconia».—Las mujeres de la tripulación.—Mi celda blanca.—Preparándome, como un actor, á cambiar de traje.—Lo que comieron Magallanes y sus compañeros, y lo que comemos nosotros.

Dedico mis primeros días de navegación á conocer, hasta en sus últimos recovecos, la casa errante que debo habitar durante algunos meses.