La mueven dos turbinas que dan noventa revoluciones por minuto. Su marcha es cuando menos de 18 millas. Su casco, que representa 20.000 toneladas de desplazamiento, se hunde en el mar nueve metros y se eleva sobre la superficie acuática trece: la altura de una casa de varios pisos.
A pesar de su importancia náutica y de su gran velocidad, sólo tiene una chimenea, y ésta permanece con la enorme boca limpia de vapores la mayor parte de la jornada. Las máquinas del Franconia no conocen el carbón. El combustible de este buque nuevo es el petróleo bruto, llamado mazout. Su marcha sólo va seguida excepcionalmente por un denso penacho de humo. Durante horas y horas avanza por el espacio eternamente virginal de los océanos, sin ensuciar el azul cristalino del cielo y el azul compacto de las aguas. Un leve tul rojizo se escapa ligeramente por un borde de su chimenea, una voluta de humo químico, transparente como una blonda, que se disuelve en el espacio á los pocos metros.
Tiene la marcha regular y continua de los organismos alimentados mecánicamente. No hay altibajos ni vacilaciones en su avance; no depende de fogoneros que, encorvados ante sus rojas entrañas, aflojen el paleo alimentador durante las tempestades ó los grandes calores. Las calderas se nutren por espita y no por brazo; el chorro líquido las mantiene, no el golpe de pala. Y este gran progreso de la mecánica naval ha tardado mucho en ser admitido, como todos los adelantos, y aún encuentra resistencias tradicionales. Ha sido preciso que lo adoptase la marina militar, por exigencias de la última guerra, para que los dueños de las flotas de comercio reconociesen las ventajas del petróleo como alimento de la máquina naval.
Este buque hace acopio de combustible con una simple manga, igual á las de riego, en el transcurso de pocas horas, en medio de un silencio absoluto, sin necesitar los rosarios de esclavos de los puertos, tiznados y gritones, que juran al ir y venir entre la ribera y el vapor con la espuerta de carbón al hombro, ensucian el buque, obligan en los países cálidos á tener cerrados los ventanos para que no entre el polvo de la hulla, y turban el sueño ó la tranquilidad de los pasajeros.
Seis veces vamos á llenar los depósitos de petróleo durante nuestra vuelta á la tierra: en San Francisco, Honolulu, Hong-Kong, Colombo, Bombay y Gibraltar. Estos depósitos contienen 3.000 toneladas de petróleo, ¡Qué hoguera inmensa en la soledad oceánica! ¡Qué llamarada de volcán, si llegara á inflamarse el lago diabólico, negro y dormido, que llevamos debajo de nuestros pies!...
Gracias á este combustible, las máquinas se mantienen en una limpieza escrupulosa, igual á la de los salones del buque. El metal brilla en ellas con la blanca transparencia de la plata, sin el menor rastro de hollín. Durante el viaje desciendo varias veces á lo más hondo de la maquinaria, desde la cubierta superior á la quilla, unos veintidós metros, por escaleras de acero. Voy vestido de blanco, con el ligero traje que imponen las altas temperaturas del Trópico, y salgo sin una mancha de estas cavernas de la mecánica, que en otros buques chorrean grasa y por más que se extreme en ellas la limpieza tienen siempre un pegajoso empañamiento de polvo de carbón.
Aquí basta un muchacho con un alambre rematado por una estopa ardiente, para poner en actividad calderas enormes. Introduce por un agujero este aparato rudimentario, igual al que se emplea para encender los faroles de gas, da vuelta á una espita, é inmediatamente arde el chorro petrolífero, provocando con rapidez la presión tubular.
La velocidad regulada, continua, siempre igual, motiva grandes equivocaciones en el curso del viaje. Pero tales errores resultan agradables, pues son por exceso, no por defecto. Siempre llegamos á los puertos varias horas antes de la hora anunciada. En las travesías largas ganamos un día y hasta dos sobre la fecha fijada de antemano.
Como el Franconia no fué construído con una finalidad comercial y sus ingenieros sólo tuvieron que preocuparse de las comodidades necesarias en un viaje alrededor del mundo, carece de las enormes y obscuras bodegas que absorben la mayor parte de los cascos flotantes. Hay salones, dormitorios y numerosas dependencias para el bienestar general más abajo de la línea de flotación, en los mismos lugares que permanecen abarrotados por las cosas y son inaccesibles á las personas en otros buques. Por esto el Franconia, con sus 20.000 toneladas, parece más grande que muchos vapores de superior desplazamiento.
Yo he llegado pocos días antes á Nueva York en el Mauritania, uno de los tranvías gigantescos del mar que trasladan á las gentes continuamente de una acera á otra, en la gran calle del Atlántico. Su tonelaje casi es doble que el del Franconia y el número de sus pasajeros enormemente superior. Y sin embargo, las gentes se encontraban en él con más facilidad. En este buque que va á dar la vuelta al mundo, los trescientos excursionistas nos buscamos á veces horas enteras sin tropezarnos.