A un lado del altar están los oficiantes, tres bonzos vestidos de blanco, llevando sobre los hombros un pedazo de tela dorada con rosas multicolores, igual, absolutamente igual en su tejido á las capas litúrgicas de los sacerdotes católicos. La única diferencia es de confección. En Occidente, estas telas son cortadas y cosidas para formar con ellas vestiduras de un tipo ritual, mientras que los bonzos las colocan sobre sus hombros sin modificarlas, tal como las adquieren, recién salidas de los famosos telares de Kioto.

Vuelvo á notar, como en Niko, una semejanza física entre algunos de estos bonzos y muchos sacerdotes europeos. Los hay de pura raza japonesa, con una fealdad asiática, y son los más. Pero otros de nariz aguileña, grandes anteojos y cierta gordura fresca, pálida y lustrosa, de varón que lleva una vida sedentaria y se mantiene á cubierto de la intemperie, recuerdan á muchos clérigos españoles, franceses é italianos. Debo añadir que esta misma semejanza la he encontrado entre los bracmanes de la India, como si la identidad de las funciones crease con el curso de los siglos un tipo sacerdotal común á toda la tierra.

Mientras cantan los bonzos sus oficios, contemplo los adornos de esta pagoda majestuosa. En las cornisas hay figuras humanas multicolores, de hermosas y sonrosadas carnes, tañendo diversos instrumentos de música. Son los «tomines», ángeles del budismo, también de rara semejanza con los ángeles de la religión católica, llevando las mismas alas é iguales rostros afeminados; pero los del budismo son menos ambiguos y tienen francamente formas de mujer.

Algo se mueve en lo alto, entre las tallas é imágenes. Mi vista se acostumbra á la semiobscuridad de las naves, y distingo numerosos ojos que brillan como pequeños diamantes. Luego unas envolturas de pelo obscuro avanzan con ligero trotecillo por los salientes arquitectónicos. Legiones de ratas habitan estos navíos sagrados, y salen de sus escondrijos atraídas sin duda por el olor de los comestibles que llevan en sus cestos las devotas comadres y por los cánticos de los bonzos que están en el coro.

Veo que el oficiante principal se halla ahora derecho ante el altar, de espaldas á los fieles, con las dos manos al nivel de su cabeza, gesto idéntico á otro que he presenciado muchas veces. Luego se vuelve de frente á los devotos y agita las manos como si los bendijese, mientras susurra palabras ininteligibles.

Me marcho. No quiero ver más un espectáculo que carece para mí del atractivo de la novedad. ¡Las sorpresas del Asia!... Indudablemente estos bonzos han copiado de los misioneros sus gestos litúrgicos. Luego pienso que su religión es seis siglos más antigua que el cristianismo, y cuando llegó aquí San Francisco Javier ya tenían cerca de dos mil años las ceremonias que acabo de presenciar.

En los patios del templo vuelan grandes bandas de palomas. A veces cubren espacios enormes con una capa movediza de plumas y arrullos. Luego, al elevarse asustadas por una presencia extraordinaria, blanquean todo un alero, obscuro y carcomido, de estas pagodas vetustas.

Kioto es una de las poblaciones más grandes del Japón, pero se mantiene al margen de la reforma occidental, iniciada hace medio siglo. En ella los inventos modernos no hacen mas que deslizarse. Los hijos del país los emplean si les son útiles, pero siguen fieles á la tradición.

Esta ciudad, que es la más japonesa de todas, sirve de refugio á las viejas artes. Aquí viven en pequeños talleres de familia los pintores, bordadores, tejedores y orfebres más célebres. Cuando las otras poblaciones necesitan un objeto precioso que simbolize el arte del país, lo encargan á Kioto.

Algunas calles están atravesadas por canales, en los que navegan barcazas de comercio, y sobre cuya superficie se elevan puentes desmesuradamente arqueados. En los almacenes, los vendedores van todos con kimono negro. Una cortesía para el comprador, como si los tenderos de Occidente fuesen todos vestidos de frac.