En sus vías, mejor empedradas que las de otras ciudades japonesas, apenas se ven extranjeros. Todos los transeuntes van vestidos con arreglo á la tradición. El europeo se siente abandonado al circular por Kioto, como si estuviese á una distancia infinita de su mundo. Al mismo tiempo se da cuenta de su inferioridad con relación á los que pasan junto á él. Todos le sonríen por cortesía, pero indudablemente se creen superiores.

Un animal nos hace ver de pronto la magnitud de nuestro aislamiento y la extrañeza que despierta nuestra presencia, marchando á pie por unas calles frecuentadas sólo por japoneses. No abundan los perros en la ciudad, pero cerca de un puente nos cruzamos con uno de pelo rojo y grandes colmillos. Voy en compañía de una señora, y ninguno de los dos nos hemos fijado en este animal. Él, al vernos, atraviesa la calle, enfurecido por una rabia agresiva, y pretende mordernos. Algunos transeuntes se interponen cortésmente y lo alejan. Luego sonríen, explicando su cólera. No está acostumbrado á los occidentales, y su presencia le inspira una xenofobia acometedora. En Kioto la Santa, los extranjeros van siempre en automóviles ó en korumas. Muy pocos marchan á pie.

Cae la noche y nos extraviamos en unas calles que empiezan á cubrirse de guirnaldas de luces, y sobre cuyos edificios, dorados y esculpidos, aletean enormes banderas.

Todos ellos están destinados al público. Son teatros, cinematógrafos, casas de té ó de danzas. En algunos vemos sobre la fachada una fila de grandes fotografías de muchachas. Nos hemos metido sin saberlo en el Yosywara de Kioto.

A cada momento va engrosando la concurrencia en las calles. Todos, al abandonar su trabajo, vienen á este barrio de diversión, donde permanecerán hasta media noche. Sólo vemos japoneses. Nos miran con curiosidad hostil ó con extrañeza.

Esta extrañeza no es por el carácter especial del barrio. Se encuentran en él muchas familias respetables que van á los teatros. Ya dije lo que es el Yosywara para los japoneses. La extrañeza la muestran por el hecho de vernos á pie confundidos con las gentes del país. El extranjero es en Kioto un transeunte que sólo se muestra en lo alto de un vehículo y únicamente pone sus pies en tierra ante los monumentos interesantes.

Oímos guitarreos y dulces quejidos que salen de las casas de las geishas. Las fachadas de los teatros ostentan cuadros enormes, iguales á los que figuran en los cinematógrafos, y en estos lienzos veo pintadas las escenas más interesantes del drama que se está representando dentro. Casi siempre es una sucesión de hazañas realizadas por un mancebo japonés vestido á la moderna, como un cow-boy, pero con más valor y astucia que los cuarenta y siete samurais juntos. Se le ve batiéndose, puñal en mano, con dos docenas de asesinos y poniendo en fuga á los que no mata; deteniendo un caballo desbocado con solo una mano; asaltando un tren; destapando un volcán dormido.

A esta hora del anochecer, cada uno de dichos dramas debe estar ya en el acto treinta ó cuarenta, pues su representación empezó poco después de la salida del sol. Pero esto no impide que entren nuevos espectadores y busquen asiento junto á los que han almorzado y comido sin moverse, y se disponen ahora á cenar, siguiendo con incansable atención las aventuras del héroe.

Sobre cada teatro hay banderas, más grandes á veces que la fachada del edificio, con rótulos en caracteres japoneses que extasían á muchos transeuntes. Aquí, cada actor célebre tiene banderas propias con su nombre y sus armas, colocándolas á la puerta del teatro para que sus admiradores no sufran equivocación. Y como cada uno cree ser el primero, procura que su bandera guarde relación con su importancia, llegando á dimensiones inverosímiles estas telas multicolores, que en días de viento representan un peligro para la solidez de los frontones que las sostienen.

Las actrices inspiran más entusiasmo aún que los actores. Pero el lector sabe que en el Japón los papeles femeninos son desempeñados por jovenzuelos. Éstos, al hacerse célebres, persisten en su trabajo, sin tener en cuenta el paso de los años; y más de una vez, la dama que conmueve con sus desventuras á los hombres, hace derramar lágrimas á las mujeres y cosquilleo á los muchachos con los primeros deseos de amor, es, en realidad, un viejo afeminado y vergonzosamente pintarrajeado. (No hay que escandalizarse por esto, pues algo semejante pasaba en Inglaterra en los tiempos de Shakespeare.) Una de estas actrices-hombres es actualmente el personaje teatral más célebre del Japón y gana 10.000 dólares todos los meses.