Empujados y mal mirados por un gentío que huele muchas veces á saké y al aglomerarse en las estrechas calles se ve obligado á marchar con paso lento, empezamos á sentir cierta inquietud. Hemos abandonado imprudentemente á nuestro guía, nadie nos conoce, ignoramos la lengua del país; ¿á quién acudir si nos ocurriese algo malo?... Nos sentimos inmensamente solos entre esta muchedumbre de miles y miles de seres, sobre cuyo río de cabezas pasan músicas y se mueven banderas y faroles.
El cinematógrafo de origen americano bate al teatro japonés en el Yosywara de Kioto, como ocurre en tantos otros lugares de la tierra. Hay más salas cinematográficas que escenarios, y la gente de kimono penetra en ellas á borbotones.
En uno de dichos establecimientos atrae mi atención un cartel monumental de muchos metros cuadrados que cubre gran parte del cielo sobre el remate de la fachada. Veo pintados en él unos hombres-libélulas, de cintura sutil. Saltan como insectos, con un trapo en la mano, perseguidos por una bestia cornuda que parece lanzar fuego por sus narices. Tal vez es una escena de la prehistoria. Luego me hace recordar vagamente las corridas de toros.
Mis ojos tropiezan más abajo con un gran rótulo en japonés, y al lado, entre paréntesis, la traducción inglesa: (Blood and Sand). Es el film de mi novela Sangre y arena hecho en los Estados Unidos. Luego voy descubriendo, á los dos lados de la puerta, anuncios multicolores con escenas de la obra y retratos de los artistas.
Todos estos carteles de procedencia norteamericana han sido reformados á la japonesa, tal vez para armonizarlos con la corrida de toros fantástica que se exhibe en lo alto. A Rodolfo Valentino, protagonista de la obra, que las mujeres de los Estados Unidos llaman «el hombre más hermoso del mundo», le han acortado la nariz y subido las cejas con un pincel irreverente, para disimular su fealdad de blanco y que se aproxime á la belleza de un buen mozo japonés. Los demás artistas también han sufrido iguales transformaciones. Hasta encuentro una fotografía mía, que sólo llego á reconocer por ciertos detalles del traje, y me veo en ella con la nariz recta y corta, las cejas oblicuas y un aire feroz, semejante al de los hércules japoneses que viven de luchar en público.
No importa. Este descubrimiento me tranquiliza, y ¿por qué no decirlo? me halaga, proporcionándome una de las satisfacciones mayores de mi vida.
¡Bendito cinematógrafo! Algo representa haber nacido en una ciudad de provincia, al otro extremo del mundo, y al venir á Kioto la Santa encontrar mi retrato y mi nombre en las calles bulliciosas del Yosywara.
Además, si necesito protección, puedo buscar á un policía, aunque no me entienda. Me bastará llevarlo hasta la puerta del cinematógrafo y decirle por señas ante mi retrato de luchador japonés: «Ese soy yo».
XXII
EL TEMPLO DE LOS 33.333 DIOSES
Los palacios de Kioto.—La ceremonia de la coronación imperial.—Mezcolanzas de antiguo y moderno.—El templo de los «Treinta y tres mil trescientos treinta y tres dioses».—El taller de remiendos divinos.—La pagoda de la cumbre y su fuente milagrosa.—Lo que les ocurre á las japonesas que beben sus aguas.—El hombre de los dos cubos.—La balada de la hotelería japonesa.