Junto al templo existe un taller, donde son recompuestos dioses y diosas todos los días. Trabajan en él unos imagineros, que recuerdan por su aspecto y sus gestos á los antiguos alquimistas. Algunos son extremadamente ancianos, y cuelgan de sus mandíbulas los filamentos blancos, esparcidos y lacios de una barba á la japonesa. El cráneo lo llevan oculto bajo un gorro muy ajustado y abotonado debajo de la barba, lo mismo que el becoquín del Doctor Fausto. Con grandes antiparras caladas ante sus ojos pegan á las pequeñas diosas un brazo de marfil que se ha desprendido entre los seis ú ocho que cubren su pecho, ó liman las piernas de los dioses para que no se conozcan los remiendos recién hechos en el bronce ó la madera.
Hay otra pagoda célebre en Kioto, que ocupa una colina dentro de la ciudad, y desde cuya cumbre puede abarcarse el hermoso espectáculo de sus barriadas, jardines y canales. A esta pagoda vienen en determinadas épocas numerosas peregrinas. Existe al pie de ella una fuente milagrosa, y toda mujer casada que bebe sus aguas es madre antes de un año. Algunas veces—¡caso estupendo!—el mismo prodigio se realiza en las musmés que beben su líquido, aunque vayan con peinado de soltera.
Como no hay peregrinaciones durante el invierno, encontramos solitarias las calles en declive que conducen á la cumbre donde está la pagoda. Son calles relativamente anchas, como si las hubiesen abierto en previsión de las multitudes que las llenan en ciertas fechas del año. Todas las casas están ocupadas por comercios de objetos piadosos, abundando las figurillas de porcelana vulgar.
Un mundo de personajes abigarrados, de las más diversas cataduras, se alinea en los escaparates y anaqueles de estos vendedores de imágenes. Figurones grotescos y un poco obscenos se codean con imágenes divinas y pequeñas estatuitas ecuestres del penúltimo emperador. En estas tiendas del Extremo Oriente no se sabe nunca dónde termina lo religioso y empieza lo caricaturesco, quién es dios y quién simple monigote para hacer reir á las gentes.
Subimos con lentitud por la calle orlada de tiendas. Tenemos nuestras miradas fijas en la alta y gallarda pagoda que llena la perspectiva abierta entre dos filas ascendentes de edificios. Encima de los tejados, pero más abajo del templo, vemos bosquecillos de bambúes y senderos agrestes, por donde corren riendo, con una jovialidad de niñas, varias filas de mujeres. Deben ser de las que vienen en busca de la milagrosa fuente, oculta á nuestros ojos por los grupos de vegetación.
El deseo de toda mujer japonesa perteneciente á la clase popular es pasearse con la dulce mochila de un pequeñuelo que duerme, come, ríe ó llora, sujeto á su espalda, y muchas veces hace cosas peores, aguantando la madre con cierto deleite el tibio chorrillo filial que se desliza por sus riñones. La japonesa infecunda se considera en una situación peligrosa; el marido puede repudiarla en este país de fácil divorcio, y ansía intervenciones humanas ó celestes para conocer la maternidad.
Mientras camino pensando en esto, con la vista fija en la pagoda, cada vez más próxima, empiezo á percibir un hedor intolerable. Los que vienen conmigo experimentan idéntica molestia. Miramos las tiendecitas próximas como si surgiese de ellas el nauseabundo olor. Pero nuestro olfato se va orientando, y acabamos por husmear lo que nos rodea más de cerca.
Delante de nosotros marchan varios niños y mujeres, atraídos por la curiosidad que provoca siempre en las calles del Japón provincial la presencia de un grupo de blancos. Se ha adherido también á nuestra marcha, saludándonos mudamente con una sonrisa que le hace mostrar sus dientes agudos, un mocetón casi en cueros, sin otro traje que un harapo pasado entre las musculosas piernas. Lleva en un hombro un grueso bambú y penden de él dos cubos, que se bambolean al compás de sus pasos, agitando su contenido líquido.
¡Ah, miserable!... De este caldo amarillento, en el que flotan pequeños cilindros de igual color, surge la pestilencia que va infestando la calle, sin que ningún vecino parezca sentir molestia en su olfato. Es un hortelano que acaba de vaciar una letrina todavía fresca, y lleva la hedionda materia á su huerta cercana. El abono humano es aquí más apreciado que el animal. Los chinos, maestros de los japoneses en tantas cosas, aprecian con mayor entusiasmo, si es posible, esta materia fecundante.
Hacemos alto para que el compañero nos abandone. Todavía insiste en acompañarnos, y se detiene con sus dos inmundos cubos; pero tales gritos y ademanes empleamos en nuestra protesta, que al fin se marcha, siempre sonriendo. Quedamos en la duda de si sonríe ahora de lástima, despreciándonos por nuestras absurdas preocupaciones.