Y sin embargo, este pueblo ama las flores como ninguno, y aunque es de espíritu estrechamente positivista, sorprende de pronto con las más poéticas invenciones.
Encuentro en todos los hoteles numerosos carteles impresos con caracteres del país, los cuales contienen, según me dicen, máximas morales, consejos prácticos y sanos para la vida. En algunos de dichos establecimientos me atrajo por su dibujo primaveral uno de los tales anuncios representando un árbol con las ramas cargadas de flores y revoloteando en torno enjambres de pájaros. Aquí vuelvo á encontrar este paisaje misterioso, pero con una explicación al pie.
El Gran Hotel de Kioto tiene sus pisos bajos ocupados por tiendas que exhiben los mejores productos de las ricas industrias de la ciudad: kimonos de maravillosos colores, telas bordadas con faunas y floras fantásticas, obras de orfebrería y de esmalte. Los directores del establecimiento son los únicos que van vestidos á la europea. Todo el personal lleva trajes japoneses. En los salones hay grupos de hombres con kimono negro de seda, que parecen sacerdotes, y se abalanzan sobre todo el que entra para ofrecerle sus tarjetas. Son los corredores y enviados de las grandes tiendas de Kioto, que ascienden á centenares.
En uno de estos salones encuentro el cartel primaveral con su inscripción japonesa, pero el director del hotel ha agregado la traducción en inglés...
Son versos, un fragmento de poema. Y este cartel de flores y pájaros, que figura en todos los hoteles importantes del Japón, dice así, según la versión inglesa, que yo transcribo á mi modo:
Un hotel es un ciruelo
cargado de ricos frutos;
ruiseñores son los huéspedes
cobijados en sus ramas.
(Balada de la hotelería japonesa)
Parece que los grandes hoteleros del Japón, al celebrar una de sus reuniones en Tokío, acordaron, entre otros medios de propaganda, encargar á un gran poeta nacional una balada sobre las excelencias de los hoteles en el Imperio del Sol Naciente. Esto es algo extraordinario: hay que reconocerlo. A ningún hotelero de Europa ni de América se le ha ocurrido jamás nada semejante.
Debo advertir que la industria de la hotelería á estilo moderno sólo existe aquí desde hace pocos años. Todavía, en las provincias muy interiores del Japón, los dueños de las hospederías reciben al viajero como los hidalgos de otros tiempos daban albergue al peregrino, por seguir las tradiciones. No hay precio fijo, y el posadero se indignaría si le hablasen de retribución.
Cuando el pasajero se marcha, entrega de un modo disimulado á la esposa ó la doméstica más respetable la cantidad que le parece oportuna, añadiendo, después de este regalo discreto, que guardará eterna gratitud por tan benévola acogida.
Los hoteleros japoneses á la moderna, que se educaron en el extranjero y copian las costumbres de los occidentales, han querido dar á sus «Palaces» de varios pisos una originalidad tradicional y patriótica, y para ello nada les pareció mejor que buscar la colaboración de un poeta.