Además, estos nipones vestidos de levita que dirigen en su país la vida de los modernos «ciruelos» son tal vez más psicólogos que los gerentes de los «Palaces» de Europa y América, los cuales tratan á sus clientes con la altivez y el alejamiento de un monarca.
¿Quién puede discutir y regatear su cuenta después que lo han comparado con un ruiseñor?...
XXIII
LOS «KOKOS» DE NARA
Las plantaciones de té.—El dios que viajaba montado en un ciervo.—Los venados del Parque Sagrado.—Las linternas seculares de Nara.—El caballito blanco de ojos azules y rojos.—Los peces del lago santo.—El pan de Año Nuevo y su peligroso amasijo.—Trenes nevados y hombres semidesnudos.—Los dos Japones.—Ya tiran contra el nieto de los dioses.
Entre Kioto y Nara vemos los primeros campos de té. Este arbusto, de un metro escasamente de altura, lo plantan en filas y tiene la copa redonda como un naranjo enano. En primavera los agricultores colocan toldos sobre las plantas, para defenderlas de los vendavales que soplan sobre el archipiélago. Además, todas las plantaciones tienen orlas de bambúes, que las abrigan de las inclemencias atmosféricas.
Pasamos ante el pueblo de Uji, que es el principal mercado de té en el Japón. Aquí se hacen las grandes compras de esta hierba que produce la bebida nacional. El té japonés, consumido enteramente en el país, es más fuerte que el chino, de un sabor áspero y silvestre. El de Uji ejerce tal influencia sobre el sistema nervioso, que, según cuentan, quien toma dos tazas de él no puede dormir en toda la noche.
Los pueblos que vemos desde el tren ofrecen un aspecto alegre con motivo del año nuevo, cuyas fiestas duran varios días. Todas las poblaciones tienen banderolas y faroles de papel en sus bocacalles. Las fajas de tela están adornadas con rótulos japoneses que no podemos entender. Pero los caracteres del alfabeto nipón con sus misteriosas y complicadas formas, representan un valioso elemento decorativo. Hay letras que parecen monigotes gesticulantes, otras semejan paisajes ó bestias monstruosas. Los muskos, libres de la escuela en estos días, pueblan la atmósfera con una fauna de cometas en forma de dragones, que ondean sobre el azul celeste sus rabos de papel.
Nara es la ciudad más antigua del Japón, la primera que habitaron los Mikados en una época casi fabulosa, cuando mantenían trato frecuente con sus abuelos los dioses y la historia del país era un relato mitológico en el que se mezclaban héroes y divinidades.
Uno de los personajes de la mitología japonesa vino á Nara montado en un gran ciervo, y desde entonces la ciudad mira con simpatía á los animales de esta especie. El Parque Sagrado de Nara tiene siempre una población de venados, que se renueva hace más de mil años, sin cambiar de sitio. En la actualidad son unos setecientos los que trotan por sus senderos confiadamente, saliendo al encuentro de los transeuntes, para toparles con un testuz suave, si no les ofrecen algo de comer.
Como todas las ciudades que viven de la afluencia de peregrinos, Nara es una aglomeración de posadas, figones y pequeños comercios de objetos piadosos y «recuerdos» del país. Atravesamos en koruma la calle principal, compuesta por entero de tiendas de esta especie, y vamos directamente al famoso parque.