Sus árboles centenarios no son más grandes que los de Niko. Tampoco tiene los abundantes arroyos que canturrean junto á los mausoleos de los dos Shogunes. Pero las colinas de Nara son muy húmedas, en las oquedades que existen entre ellas se abren las copas azules de varios lagos pequeños y el musgo esparce su verde capa sobre la piedra, lo mismo que en la Montaña Sagrada. Los matorrales son más espesos y altos que en Niko, y los venados que pueblan la selva de Nara saltan de pronto en medio del camino, con gran estrépito de ramaje que se doblega ó se quiebra.
A estos venados que recuerdan la cabalgadura del dios viajero les dan en el país el nombre de kokos. Tal vez esta palabra fué empleada por su eufonía, que atrae á los animales, haciéndolos acudir indefectiblemente á tal llamamiento.
Apenas entramos en el parque, empiezan á correr junto á las korumas varias musmés graciosas, con kimonos á rayas amarillas y negras, y una faja de lazo enorme sobre los riñones. Todas llevan una cestita con galletas de salvado y melaza, agujereadas en su centro y unidas á docenas por un hilo que atraviesa los orificios. Es el manjar predilecto de los ciervos.
Los jayanes de mangas largas y piernas al aire que tiran de nuestros carruajitos están previamente de acuerdo con las vendedoras, y nos explican la costumbre tradicional de dedicar un obsequio á los descendientes de la cabalgadura del dios. Apenas quedan hechas las primeras compras, korumayas y musmés gritan con voz suave y acariciante:
—¡Koko!... ¡Koko!...
Y los kokos empiezan á surgir de todas partes, con la abundancia de una invasión de hormigas.
Son animales de aspecto dulce, pelo blanco y rojo, ojos húmedos y patas ligeras, de elegante trote. Sólo los más jóvenes conservan sus cuernos. Los de algunos años llevan la cabeza completamente mocha con dos muñones duros que revelan á flor de piel el lugar ocupado por las antiguas astas.
Todos los años, en la fiesta del dios viajero, los guardianes del parque atraen engañosamente á los venados de buena astamenta y se la cortan, para fabricar con su materia objetos piadosos, que los bonzos de Nara envían á las ricas familias de las principales ciudades del Japón.
Ninguno de los kokos muestra timidez. Se aproximan con una confianza que data de siglos, seguros de que el hombre que llega no les hará daño y trae para sus mandíbulas ansiosas el más grato de los alimentos. Si un perro se desliza en este lugar vedado, hombres y mujeres lo persiguen, para que no asuste á las dulces bestias, verdaderas dueñas del parque.
Marchan contoneándose al lado de las ruedas de las korumas. Cuando el visitante continúa su paseo á pie, lo escoltan estirando el cuello y pasan sobre su pecho el babeante hocico. Huelen el paquete que lleva en las manos, pero no osan morderlo. Esperan, con una cortesía que puede llamarse japonesa, á que les ofrezcan una galleta suelta, y la toman gravemente, haciendo reverencias con el testuz. Los más viejos, al alejarse en busca de la generosidad de otros visitantes, muestran dos almohadillas blancas, de pelo rizado y fino, en torno al arranque de su cola.