Después del almuerzo en el Gran Hotel de Nara, hermoso edificio moderno, á orillas de un lago, presenciamos la reunión de todos los venados del parque. Es un acto que se reserva para días de gran concurrencia de viajeros ó cuando, siendo pocos, pueden éstos pagar á los empleados forestales por su trabajo extraordinario.

Un japonés de chaqueta azul, con un crisantemo blanco en la espalda, hace sonar su trompeta en las desiertas avenidas. Oímos su diana marcial alejándose por las tortuosidades y recovecos de la arboleda. Otros hombres gritan con modulaciones especiales para atraer á los kokos. Todos los que hemos costeado el espectáculo nos sentamos en un gran claro del parque.

Se va aproximando la trompeta, y vemos cómo surgen á la vez en un frente de medio kilómetro numerosos «chorros» de venados. Hay que emplear esta palabra, porque la invasión animal tiene el mismo ímpetu múltiple y diverso de las aguas de una inundación colándose en desorden por todos los vacíos que encuentran. Setecientos venados llegan casi á la vez á esta plaza de la selva, precediendo ó siguiendo al hombre de la trompeta y sus acólitos.

El suelo se cubre de un oleaje incesante de pelos rojos y blancos, sobre el cual se alzan centenares de cabezas, unas cornudas, otras con pétreas excrecencias. Suena un ruido suave como de agua corriente. Son los miles de patitas que, al moverse, hacen chirriar la arenilla del escampado.

Las musmés venden enteras sus cestas de galletas y van en busca de otras. Muchos espectadores de esta asamblea animal descienden á la extensa plaza ocupada por los venados, y avanzan en el mar de hocicos suplicantes, de bocas abiertas, deslizando un dulce redondel en cada una de ellas como si echasen cartas á un buzón. Los más audaces, mientras rumian el regalo, marchan detrás del generoso dispensador de tales golosinas y le topan continuamente en la espalda para que se vuelva y repita el obsequio.

Otro atractivo célebre de Nara, después de los ciervos sagrados, son las linternas ó toros. En las diversas colinas del parque, rematadas por pagodas budistas y sintoístas, los caminos están orlados con dobles ó triples hileras de linternas de granito sobre torreones de la misma piedra.

Estas pagoditas de luz tienen á veces tres y cuatro siglos de existencia. Las familias ricas del Japón hacían construir en otro tiempo un toro en el Parque de Nara para honrar á sus Ascendientes, y venían á verlo el día de la fiesta de las linternas. Una vez por año los 3.000 ó 4.000 toros que existen bajo las arboledas de Nara se iluminan durante una noche, y hasta de las poblaciones más lejanas vienen gentes para presenciar este espectáculo tradicional.

Los miles de capillitas de piedra tienen en la citada noche alumbrado su interior por una lámpara ó un cirio. Son luces suaves, vagorosas, luces «del otro mundo», como las de los cuentos fantásticos, y los resplandores vacilantes dentro de su jaula de granito dan una vida sobrenatural á la selva obscura y dormida. Admiramos el musgo que cubre la piedra vieja de muchos de los toros. En Nara crece tan abundante y vigoroso este paño vegetal, que cuelga en forma de borlas verdes de los aleros de las linternas.

Presenciamos en una de las pagodas la danza de las bailarinas sagradas del sintoísmo, dos jovencitas que ejercen su profesión con menos gravedad que la sacerdotisa cincuentona de Niko, y ríen mientras bailan, mirando á los visitantes blancos. Su vestimenta y adornos son también menos austeros. Sobre la frente llevan una visera en forma de tejadillo. Pendientes de ella hay varios tubitos de metal, que se entrechocan sonoramente con los movimientos de la danza. Encima han colocado un manojo de claveles. El resto de su traje, aunque es blanco y rojo, como el de la boncesa de Niko, revela en sus adornos una coquetería profana, un deseo de recordar á los fieles que la oficiante es una mujer.

En un pequeño establo cerca de una pagoda vemos un caballito blanco, absolutamente blanco, con las pupilas azules y las córneas rojas. Es una bestia sagrada, mantenida por los bonzos. El dios del templo inmediato llegó á Nara montado en un caballo blanco, y los sacerdotes procuran tener un animal de la misma especie siempre preparado, por si se le ocurre de pronto á su divino señor volverse á las tierras de donde vino hace siglos.