Pasamos una mala noche por la calidad del buque más que por las furias del mar.

Cerca de la isla de Tsushima, situada en mitad del estrecho, es tan violento el oleaje y de tal modo se ladea el barco, que para sostenerme dentro del lecho necesito agarrarme á sus bordes. No pudiendo dormir, salgo de mi camarote, á pesar del frío. En el comedor suena un estrépito de loza rota, que hace correr á los pequeños camareros japoneses.

Veo sentados en el salón, como si estuviesen de visita, á la mayor parte de los personajes del séquito del príncipe. Los militares conservan puestas sus medallas y cordones de oro, sus charreteras, su sable al cinto. Los funcionarios civiles siguen con su larga levita correctamente cruzada y el sombrero de copa en una rodilla.

Son las dos de la mañana. Como en el buque no hay camarotes disponibles para tanta gente, estos personajes amarillos, pequeños y estirados, insensibles á la noche y á la violencia de las olas, continúan en sus asientos sin perder nada de su aspecto oficial, sin desabrocharse un botón, con los ojitos casi cerrados, cambiando solamente de tarde en tarde alguna palabra. Están cumpliendo un servicio patriótico. Son los cortesanos del príncipe de Corea y al mismo tiempo sus guardianes. El príncipe vive sometido al Mikado y perdió todo crédito en su antiguo reino, pero nadie puede adivinar el porvenir, y montando la guardia junto al heredero sin herencia, velan por la seguridad del Japón.

Vuelvo á mi cama, y para entretener el insomnio recuerdo el célebre combate naval de Tsushima, la gran victoria que el almirante Togo obtuvo en estas mismas aguas sobre los rusos. Las sacudidas del mar me humillan y al mismo tiempo me hacen admirar la barbarie heroica de mis semejantes, que añaden al peligro de la ola y á la violencia del viento el estrago de las armas inventadas por ellos. ¡Valerse del cañón y del torpedo, metidos en unas cajas férreas é inseguras, sobre este mar tempestuoso!...

Hay que reconocer al hombre una brutal superioridad sobre los animales más fieros de la creación. Éstos, cuando se baten por comer, necesitan una tierra sólida y un ambiente tranquilo. Si tiembla el suelo, si estalla una tempestad, si sobreviene una inundación, las bestias más feroces cesan de pelear, el miedo las junta y huyen, sin ocurrírseles insistir en sus agresiones. El animal humano, sobre islas inestables y frágiles construídas por él, dispara cañones monstruosos y sólo piensa en destruir al enemigo que tiene enfrente, sin preocuparse del cariz del cielo, sin acordarse del abismo abierto bajo sus pies. ¡Y este encarnizamiento de su gloriosa superbestialidad empieza á repetirlo ahora en los silenciosos desiertos de la atmósfera!...

Al romper el día es menos violento el balanceo, el mar se va serenando, los objetos recobran el ritmo de su estabilidad, y al fin nos inmovilizamos, llegando á través de los ventanillos del buque un ruido de voces exteriores.

Estamos en Fusán, puerto el más importante de la Corea, organizado por los japoneses con todas las comodidades que exigen los transportes modernos. Desembarcamos fácilmente, y á corta distancia del muelle nos espera el tren que ha de llevarnos en diez horas á Seul, la capital.

Necesito hacer una aclaración. Corea y Seul son nombres que sólo usamos los blancos y desconocen los coreanos. El verdadero nombre de Corea para los del país es Chosen, y Seul se llama en coreano Keijo.

Todos los Imperios del Extremo Oriente tienen un nombre poético, que les dieron sus primitivos habitantes de acuerdo con sus observaciones geográficas ó su vanidad patriótica.