Repito que es asombroso el progreso material de este pueblo y las fuerzas defensiva y ofensiva que supo improvisar y organizar en cincuenta años. Pero la suerte le ayudó también de un modo extraordinario, una suerte que ahora parece haberse vuelto de espaldas, dejando caer sobre las islas niponas los cataclismos más destructores.
Para engrandecerse tuvo que batallar con la China, desorganizada y poco propensa á la guerra. Su único enemigo importante fué la Rusia de los zares, podrida hasta la médula por la inmoralidad administrativa, debilitada por el odio popular, y teniendo que mantener sus ejércitos casi en el lado opuesto del planeta, sin otro medio de comunicación que el Transiberiano, ferrocarril incompleto, de vía única.
Las grandes potencias tratan con dureza á este pueblo, que continúa acariciando silenciosamente su ensueño de dominación sobre la mayor parte del Asia. Inglaterra, su antigua maestra y aliada, lo ha dejado de su mano. Los Estados Unidos, instalados en Hawai y en Filipinas, dispensan á la China amenazada una protección que se expresa con regalos más que con palabras.
El Japón siente una cólera sorda, cada vez más grande, al ver que no puede avanzar sin que la mano de alguna de las potencias blancas se apoye en su pecho.
¡Quién sabe si Magallanes, al dar el nombre de Pacífico al mayor de los Océanos, inventó, sin saberlo, la más cruel y sangrienta de las ironías de la Historia!...
XXV
EL REINO DE LA MAÑANA TRANQUILA
Una mala noche sobre las aguas que presenciaron la gran batalla naval de Tsushima.—El frío de Corea.—El traje grotesco de los coreanos.—Sus dos sombreros.—Cómo el Japón se apoderó del reino de la Mañana Tranquila.—Asesinato de la reina por los japoneses.—Horizontes dilatados.—Procesiones de fantasmas.—Cuervos y tumbas.—En Seul.—Las generosas ilusiones de un patriota.
Un barco nevado inspira una tristeza fúnebre.
En tierra, la nieve lo cubre todo con su blancura uniforme, la casa que habitamos, los campos inmediatos, las montañas, el último límite del horizonte. En el mar, la lívida superficie atrae con una succión de boa las blancas mariposas del invierno, haciéndolas desaparecer. Únicamente se amontona la nieve y persiste sobre la cubierta del buque, dándola un aspecto de féretro. Al andar por ella nos hundimos en la pasta glacial y su contacto nos recuerda el frío de la muerte.
Este buque japonés que va hacia Corea es largo, angosto y de poderosa máquina, como un torpedero. Fué construído para la velocidad, sin pensar en los nervios y entrañas de las gentes que irían dentro de él. Como toda su navegación es por un estrecho, el de Tsushima, entre el Japón y el continente asiático, recibe la marejada de lado, y dócil á la ola, se acuesta, navegando largo rato en tal posición, hasta que por las leyes del equilibrio repite su tumbo sobre la banda contraria.