Desde la última cubierta veo una procesión de linternas igual á las que figuran en las antiguas estampas japonesas. Es el príncipe que viene á embarcarse con todo su cortejo.
A este heredero sin corona, instalado en Tokío, cerca del gobierno, lo casaron con una japonesa de gran familia, para tenerlo de tal modo en la más absoluta sumisión. Gran número de policías, con uniforme ó en traje civil, avanzan sobre la nieve, llevando cada uno de ellos un farol redondo de papel. Entre las dos filas de resplandores rojos y amarillos que danzan sobre el suelo blanco veo venir al príncipe, un personaje asiático, de aspecto decadente, vestido de general japonés y mirando á un lado y á otro mientras sonríe tímido é inquieto.
Delante de él marcha su esposa con una petulancia militar, balanceando marcialmente un brazo, irguiéndose para que la crean más alta, dentro de su gabán de viaje rematado por un sombrero á la moda de Europa. Un oficial va pegado á ella para defenderla de la nieve con un paraguas abierto de brillante cartón. Todas las atenciones son para la japonesa. El marido la sigue como uno de tantos individuos del séquito.
Antes de media hora vamos á alejarnos del Japón insular. Volveremos á encontrarlo en la tierra de Corea, pero ésta sólo es japonesa por las imposiciones de la fuerza y han de pasar muchos años de tranquilidad para que llegue á fundirse verdaderamente con su dominador.
Al alejarnos de las costas del antiguo Imperio del Sol Naciente reflexiono para concentrar y fijar mi opinión definitiva sobre él.
Esta opinión no es firme y homogénea. Resulta doble y contradictoria, como el espíritu del Japón actual. Admiro el enorme esfuerzo realizado por un pueblo que hace medio siglo vivía en su Edad Media y se asimiló en tan corto espacio de tiempo todos los progresos materiales realizados por el resto de la humanidad. Admiro su buena educación y me asombra igualmente su disciplina, que le permitió cambiar de un modo casi instantáneo sus pensamientos, sus costumbres y sus trajes, para obedecer las órdenes innovadoras del Mikado.
Algunos sólo han visto en todo esto una facilidad enorme de imitación, un trabajo simiesco extraordinario. Es cierto que hasta ahora los japoneses no han hecho mas que copiar, sin producir algo verdaderamente original. Pero medio siglo es un plazo muy corto, y no puede exigirse á un pueblo, después de haber realizado en tan pocos años la absorción de varias civilizaciones ajenas, que produzca además obras propias y originales. Queda por ver en lo futuro si el japonés es un simple imitador ó si al dar por terminado el ciclo de su asimilación podrá contribuir al progreso universal con un aporte puramente suyo.
El porvenir del Japón resulta más enigmático que el de otros pueblos. No se sabe si continuará adelante, aceptando el progreso con todas sus consecuencias disolventes para el mundo antiguo, ó sentirá miedo al ver que la masa de su obrerismo, cada vez mayor, apadrina las reivindicaciones sociales de los blancos, y en tal caso se aislará de las demás naciones, cerrando sus puertos como en tiempo de los dos Shogunes.
Lo único que sé con certeza es que este pueblo ha sido elogiado con exceso, adulado en demasía.
Muchos que por ignorancia se imaginaban á los japoneses como unos «monos amarillos» antes de su guerra con Rusia, al verlos luego vencedores los han considerado unos superhombres, admirándolos ciegamente hasta en sus mayores defectos.