Todo lo que representa la vida moderna, con sus ruidos incómodos y sus hediondeces, está prohibido aquí. Ningún perro puede entrar en Myajima, para que los venados no sufran alarmas ni miedos. Además, no se toleran en la isla automóviles, carruajes de caballos, ni simples korumas. Todos deben marchar por sus pies, como en los primeros tiempos de la creación. La gasolina es contrabando. Tampoco son permitidos el telégrafo, el teléfono y la luz eléctrica.
Hasta hace cincuenta años estaba prohibido igualmente nacer ó morir dentro de la isla. Las mujeres embarazadas y los enfermos eran embarcados para la orilla de enfrente. La dulzura de una paz inalterable rodeaba á los habitantes de este paraíso. Todos sonreían. Jamás sonaba una mala palabra, ni las voces coléricas de una contienda.
Ahora la isla feliz conserva sus ciervos familiares y dulces, su arboleda sagrada y rumorosa, pero los habitantes humanos han cambiado. Se nace y se muere sobre su suelo, como en las demás tierras. Hay enfermos, y además hay hoteleros rapaces, que se han establecido en ella atraídos por la gran afluencia de visitantes.
El monumento religioso más frecuentado es una pagoda á orillas del mar, con la plataforma montada sobre pilotes. Aguas adentro, un tori enorme hunde sus dos columnas de madera en la superficie tranquila, que refleja su imagen. Es tal vez el pórtico más hermoso del Japón por su emplazamiento marítimo. En cambio, el templo inmediato, cuando baja la marea y queda en seco sobre sus hileras de postes, tiene el aspecto de un balneario.
En el interior de este edificio dedicado á la paz se tropieza inmediatamente con recuerdos de guerra y peligrosas vanidades del patriotismo. Muchos soldados de la contienda ruso-japonesa dejaron aquí sus cucharas como un homenaje á la divinidad. En las paredes hay pinturas, algo primitivas, representando las principales batallas navales de la citada guerra, y el ingenuo artista se complació en detallar el efecto mortal de los tremendos cañonazos.
¿Será la paz un eterno ensueño de los humanos?... Estos hombres amarillos quisieron crear hace siglos un rincón en el que nadie conociese los dolores del nacimiento y de la muerte, un retiro de paz donde hombres y animales ignorasen las emociones del miedo, y el patriotismo viene ahora en peregrinación á depositar sus recuerdos de guerra y cubre las paredes con imágenes de enormes matanzas.
Cuando tomamos el tren para continuar nuestra marcha hacia Simonoseki, nos encontramos con un compañero inesperado de viaje, cuya persona atrae una afluencia oficial en todas las estaciones importantes. Es el príncipe heredero de Corea, que va á pasar una temporada en la capital del país regido en otro tiempo por sus ascendientes. Esto de príncipe heredero no es mas que un título. Nada puede ya heredar, pues el reino de Corea se lo anexionó definitivamente el Japón en 1910.
Vemos en los andenes grupos de militares que vienen por obligación á saludar ceremoniosamente á este príncipe olvidado, sin que les inspire una verdadera curiosidad. Los guerreros japoneses son los únicos que saben llevar bien su vestimenta de origen europeo. Los gobernadores civiles de las provincias se van presentando puestos de frac, con un lado del pecho cubierto de condecoraciones, lo mismo que un profesor de ocultismo y prestidigitación de los que actúan en los teatros.
La gente popular no se preocupa de este recibimiento monótono y aparatoso. En todos los andenes, por modesta que sea la estación, hay lavabos al aire libre, hechos de azulejos blancos y con espejos ovales. Todos ellos tienen agua caliente en abundancia, y los japoneses que afrontan el frío ligeros de ropa aprovechan la ocasión para lavarse el cuerpo en público, sin recato alguno, con este líquido que humea.
Sigue nevando, cada vez más copiosamente, y cuando llegamos á Simonoseki, á las diez de la noche, á pesar de que el tren se detiene á unos cien metros del embarcadero, resulta penoso el corto trayecto. Nos hundimos en la nieve hasta cerca de la rodilla, y así vamos llegando al buque estrecho y largo, que llena una gran parte del malecón con su pared blanca perforada por redondeles de luz interior.