Su estatura aventajada aún parece más alta cuando pasan al lado de sus dominadores los japoneses. Estos pigmeos disciplinados, activos y enérgicos, vestidos de gris, no tienen la majestad de los arrogantes coreanos con sus luengas túnicas blancas. Tal es su aire solemne de personajes decadentes y perezosos, que el observador acaba por acostumbrarse á su pequeño sombrero de payaso, y hasta encuentra cierta belleza á sus rostros largos, de nariz algo aplastada, tez pálida y barbas lacias.
Este reino de la Mañana Tranquila es uno de los lugares del Extremo Oriente que más tardaron en recibir la visita de los blancos. Marco Polo, que estuvo en tantos pueblos del Asia del Este, no pasó nunca por Corea. El primero que penetró en el país fué un jesuíta español, el padre Gregorio de Céspedes, en 1594, pero no pudo ir más allá de los alrededores de Fusán, donde nos hallamos nosotros ahora.
Ningún pueblo asiático fué tan cruel como éste en la persecución de los misioneros cristianos. Los martirios de Corea resultan los más espantosos de todos. Hace cuarenta años nada más, los propagandistas del cristianismo arrostraban aún espeluznantes tormentos al circular cautelosamente sobre esta tierra, visitando los grupos de coreanos que profesaban en secreto dicha religión. Para viajar con más seguridad los misioneros, disfrazados con trajes del país, empleaban el sombrero de luto, que oculta el rostro.
En nuestros tiempos se disputaron este reino decadente la China, Rusia y el Japón. El Imperio chino, gobernado por los soberanos manchures, que procedían de los límites de la Corea, era el dominador. Pero el Imperio del Sol Naciente, deseando esparcir su exceso de población en el suelo asiático, había puesto sus ojos en el país de la Mañana Tranquila.
Con el pretexto de libertar á los coreanos de la «tiranía china», hizo la guerra al Imperio de Enmedio en 1894, obligándolo á que reconociese la independencia de Corea. Después, como los rusos pretendían influir en la política de este país, hizo la guerra á Rusia en 1902, y la batió, siempre por defender la independencia de la pobre Corea. Y en 1910, para que nadie pudiese atentar más contra la tal independencia, se anexionó simplemente la península coreana, declarándola colonia japonesa. Pocas veces se ha visto en la Historia tanta generosidad aparente encubriendo una hipocresía tan cínica.
Hasta fines del siglo XIX la Corea fué un misterio. Ningún explorador europeo había penetrado en ella. Los geógrafos sólo podían saber lo que contaban los marinos después de navegar ante sus costas y los relatos algo vagos de los misioneros, más atentos á la conquista de las almas que al estudio físico del país. Todavía, en 1885, al escribir Elíseo Reclús su famosa Geografía Universal, confesaba la escasez de sus conocimientos sobre la península de Corea, país que «había procurado mantenerse en el olvido sin intervenir en la historia de Asia», añadiendo que el lugar ocupado por este vasto reino daba la impresión de una tierra vacía.
Sólo conocían los europeos relatos confusos y fabulosos sobre Corea. De tarde en tarde se conmovían un poco al enterarse de horribles martirios sufridos por los misioneros. Los japoneses vivían más cerca, su calidad de amarillos les permitía deslizarse en el país, y como estaban enterados de la riqueza de sus minas y de su fertilidad agrícola, descuidada y abandonada, procuraron apoderarse de él por los medios falsamente generosos que hemos indicado.
Hubo una reina de Corea que, en 1895, intentó oponerse á los manejos absorbentes del Japón. Éste iba apoderándose del país con disimulo, y la reina, para contrarrestar su influencia, hizo una política nacionalista, francamente coreana, buscando apoyo para ello en los rusos, ya que las demás potencias europeas no mantenían relaciones seguidas con su patria.
Los japoneses, que son el pueblo más cortés de la tierra, no reconocen obstáculos cuando se proponen la realización de un deseo. Estos hombrecitos risueños y amantes de las flores consideran la muerte como un accidente sin importancia. Y como les estorbaba la reina de Corea, enviaron á Seul un embajador extraordinario, el vizconde Miura Goro, para que organizase simplemente el asesinato de dicha soberana.
Un grupo de bandidos á sueldo invadió pocos días después el palacio de Seul, mientras varios piquetes de soldados japoneses ocupaban sus puertas para que nadie pudiese escapar. Varios oficiales del ejército japonés acompañaron sable en mano al grupo de asesinos. Y la reina de Corea cayó hecha pedazos bajo tanta cuchillada mortal. Luego, su cadáver fué quemado en un bosquecillo del parque de palacio.