A partir de este crimen político, los monarcas coreanos fueron humildes servidores del Imperio japonés, y al emprender éste su guerra con Rusia y apoderarse militarmente de Corea, no hizo mas que completar una obra preparada desde algunos años antes.
Hoy el ex reino de la Mañana Tranquila es un Japón continental. En los primeros años de ocupación los japoneses se mostraron brutales y crueles. Luego, al quedar dueños absolutos del país con la aquiescencia de todas las naciones, el gobierno japonés ha cambiado de conducta, dedicándose á su fomento industrial y agrícola.
Debe reconocerse que en los últimos años los japoneses llevan hechos grandes trabajos en Corea. Han saneado las ciudades, construído ferrocarriles y carreteras, y sobre todo procuran engrandecer la agricultura canalizando los ríos, creando grandes zonas de riego, repoblando con enormes arboledas las montañas, taladas por los naturales. Tal vez el gobierno de Tokío ha realizado en esta colonización, fuera del antiguo solar patrio, mayores obras que para el progreso de su propio país.
Pero á ello contestan los coreanos que las reformas no las hacen los japoneses para el bienestar de los naturales, sino para mejor desarrollo y estabilidad de las muchedumbres niponas, que han caído sobre la tierra conquistada como una nube de langosta, acaparándolo todo con su actividad absorbente y agresiva. Y esto es tan verdad como lo otro.
Apenas nuestro tren empieza á marchar por las planicies de Corea nos damos cuenta de que hemos entrado en un mundo distinto al del archipiélago japonés. En el Japón no se ven animales en los campos. La tierra es cultivada por el brazo humano, y la mujer trabaja tanto como el hombre. Todo está dividido en reducidas parcelas, y por más que se viaje horas y horas no se sale de una huerta interminable de pequeños cuadros de arroz ó de hortalizas, con surcos escrupulosamente rectos, donde todo está agrupado como en una decoración de teatro. El bambú orla las porciones de tierra cultivada, y entre éstas surgen árboles graciosos cuyas hojas tienen colores de flor.
En el reino de la Mañana Tranquila no existen las amenas sinuosidades del cultivo intensivo. Impera la línea horizontal, como en los desiertos azules del Océano. Nada es reducido y gracioso, todo es amplio y severo. Las montañas tienen más roca que tierra, y brillan bajo el sol con tonos rojos de carne desollada. Únicamente en los valles, atravesados por ríos y arroyos, se extiende un doble cordón de álamos. En el resto del paisaje, la tierra seca por el frío guarda la huella de los surcos, pero no se ven árboles, y el suelo sin labrar sólo alimenta matorrales. Los pueblos tienen un aspecto de pobreza crónica. Las viviendas son cabañas de techo redondo hechas de paja y barro.
Seguimos el curso de un gran río azul con láminas de hielo que se desprenden de las orillas nevadas y flotan sobre la corriente, lentas y cabeceantes. Unos perros enormes saltan junto á la vía é intentan correr á la par del tren, enviándole feroces ladridos. Recuerdo los animales fabulosos de piedra, mezcla de perro y de león, que decoran las escalinatas de los templos japoneses. Estas bestias de granito con mechones puntiagudos, ojos redondos y dentadura aguda de caimán, son llamadas por los budistas «perros celestiales» ó «perros coreanos», por haber tomado los escultores como modelos á los canes de este país.
Vemos marchar á través de los sembrados largas filas de hombres blancos. Las rudas barcazas que descienden el río van tripuladas igualmente por hombres blancos. Los trabajadores que reparan la vía visten de idéntico color. Por todas partes las mismas procesiones blancas, como si fuese este país una tierra de fantasmas que se niegan á ocultarse en las horas de sol. Los menos pobres van montados en bueyes, que aquí sirven de cabalgaduras, sin abandonar por ello la larga pipa de bambú y el sombrerito de copa alta sujeto con cintas.
Pasean á grandes saltos por sembrados y caminos bandas de cuervos, gruesos como pavos. Es la primera aparición de este animal, dueño absoluto del cielo de Asia. Aquí es más grande y pesado, como si engordase con la miseria del país. En China, en la India, en todos los pueblos del mundo antiguo, vamos á encontrarlo más pequeño, más gracioso de movimientos, pero con una abundancia prolífica de calamidad alada.
Hacemos otro descubrimiento que va á acompañarnos por toda China, con la repetición obsesionante de un tema infinito. Vemos en ciertos campos una sucesión de montones redondos de tierra, iguales á los que forman los agricultores para quemar las hierbas nocivas, ó como las cúpulas de los hormigueros en África y América. Son tumbas. Todos los campos tienen algunas, y á veces esta sucesión de montículos ocupa colinas enteras. El Japón oculta discretamente sus sepulcros. En Corea y China la tierra amontonada sobre un ataúd queda así para siempre, y los muertos van ocupando con sus cúpulas una parte considerable del suelo que debe sustentar á los vivos.