Se nota en las montañas y en los sitios no cultivados la despoblación forestal de otras épocas, que ahora procuran remediar los nuevos amos. Corea es un país de rudos inviernos, y sus habitantes no poseen la dureza de los japoneses para arrostrar el frío. Los coreanos han tomado de los chinos su sistema de calefacción. Todas las viviendas, por míseras que sean, tienen un subterráneo de piedra, donde se encienden hogueras que envían su calor á través del piso de tablas. Para poder calentarse durante numerosos siglos, los coreanos han cortado primeramente los troncos de sus bosques, y al fin arrancaron sus raíces.
Los japoneses, al menospreciar á estos amarillos que viven bajo su dominación, dicen que el fuego fué para los coreanos lo que el opio para los chinos. El placer del calor los adormeció, mientras su país iba decayendo.
Cerrada ya la noche llegamos á Seul, la antigua Keijo. Al abandonar el tren podemos darnos cuenta del frío de este país. Hasta ahora sólo lo habíamos sentido al abrir momentáneamente los vidrios de las ventanillas. La tierra está tan endurecida, que cruje bajo los pies como cristal en polvo. Las huellas de las ruedas sobre un suelo que fué blando parecen ahora abiertas con cincel en el granito. Los del país acogen con extrañeza nuestros estremecimientos. La temperatura no es mas que de 12 grados bajo cero; algo primaveral para ellos, que esperan fríos más crueles.
El Gran Hotel de Chosen, donde nos alojamos, está preparado afortunadamente para todos los rigores de este clima. Puertas y ventanas tienen vidrios dobles. La calefacción es generosa y amplia en todas las piezas.
Junto al pórtico hay grupos de mercaderes ambulantes, cuyo aspecto nos hace recordar que ya estamos en la verdadera Asia. En el Japón todos son japoneses. Sólo de tarde en tarde se ve algún blanco, llegado por recreo ó por negocios. En la capital de la Corea nos sale al encuentro el Extremo Oriente cosmopolita.
Mezclados con los coreanos hay mogoles de alta tiara de pieles y casaca hecha con cueros peludos de oso negro; siberianos con gorro de astracán y levita de cosaco, llevando el pecho adornado de cartucheras; judíos rusos de perfil ganchudo; manchures de estatura de gigante y chinos: los primeros chinos que encontramos. Todos ellos ofrecen pieles sueltas de cibelina, de zorro plateado, de otras bestias de pelaje precioso, cazadas en la vecina Siberia. Además venden pequeños objetos de jade, como si fuesen anuncios del arte chino que vamos á encontrar muy pronto.
Después de comer y antes de ir al teatro coreano, hablo con un periodista de Seul, el más célebre de todos ellos, un verdadero héroe. Con el entusiasmo de la juventud, este escritor ha emprendido la generosa aventura de protestar contra la anexión japonesa y defender la antigua independencia coreana.
Sólo le sigue la clase popular, atraída siempre por los luchadores audaces y desinteresados. No tiene otras armas que su pluma y su energía. El gobernador japonés de Corea lo mete con frecuencia en la cárcel por sus artículos, pero el castigo aumenta su popularidad y su propio entusiasmo.
Cuando se reune en Europa algún congreso diplomático, se presenta el doctor Li, que así se llama dicho joven, con una comisión de compatriotas, para exigir que sea devuelta su independencia al país de la Mañana Tranquila. Como posee muchos idiomas, le es fácil expresar su protesta. En Ginebra los señores de la Sociedad de Naciones lo han escuchado muchas veces con aire distraído. ¡Pedir que el Japón renuncie á la Corea, cuando ya la posee hace años y guarda en su propia casa, como un esclavo feliz, al último heredero de sus reyes!... Que se contente con esta única presa es lo que desean las otras potencias.
Si de tarde en tarde pasa por Seul un hombre político ó un escritor conocido, el doctor Li le visita para pedirle que aporte su concurso á la justa empresa de devolver á todo un pueblo la independencia que le arrebataron sin consultarlo.