Oigo en silencio la larga historia de trabajos y penalidades que me cuenta este propagandista de fe robusta de tenacidad quijotesca y al mismo tiempo de una candidez asombrosa en sus ilusiones.

Está convencido de que su causa triunfará finalmente, y confía para ello en Lloyd George y en los Estados Unidos. En una de sus visitas á Europa le prometió Lloyd George, sin pestañear, que Corea sería independiente dentro de diez años justos. ¡Ah, terrible burlón! ¿Por qué diez años y no nueve ú once?...

Para animar á este joven generoso finjo creer en la promesa del político inglés.

—Cuando él dijo eso—añado—sus razones tendrá para afirmarlo. En lo que se refiere á la ayuda de los Estados Unidos, tal vez se vea usted obligado á esperar un poquito más, querido doctor. Antes de exigir al Japón que devuelva á Corea su independencia, los señores de Wáshington tendrán que ocuparse de otros dos países que se llaman Puerto Rico y Filipinas.

XXVI
CAMINO DE LA CHINA

Las calles glaciales de Seul.—El teatro coreano.—Espectadores que se obsequian con hornillos encendidos.—La viuda enamorada del bonzo y el guerrero matador de su rival.—Bailes simbólicos.—El antiguo palacio de los reyes coreanos y el Capitolio de cemento de los japoneses.—La Puerta de la Independencia y sus caravanas.—De Seul á Pekín en sesenta días.—Salimos para la China en ferrocarril.—El escenario de la guerra ruso-japonesa.—Llegada á la estación de Mukden.—Grito mágico de los empleados.

Lo que atrajo más la atención de los primeros europeos que visitaron Seul fué la anchura de sus calles principales. Tal amplitud, copiada indudablemente de las avenidas de Pekín, resalta más enorme á causa de la escasa altura de sus edificios. Los japoneses han derribado barrios antiguos para abrir nuevas vías, y exceptuando algunas calles tortuosas donde subsisten por tradición los comercios más ricos, el resto de la ciudad tiene un trazado norteamericano, con amplias avenidas centrales y otras adyacentes, no menos desahogadas.

En estas calles de lejana perspectiva hay filas de postes, cuyos brazos en cruz sostienen numerosos hilos telefónicos y de alumbrado eléctrico. Además, por las avenidas centrales se deslizan los tranvías hasta horas avanzadas de la noche.

Son casi las diez cuando me dirijo solo al teatro coreano. Ocupo una koruma, cuyo conductor tiene el raro arte de hacerse entender gracias á un idioma de su invención, más abundante en gestos que en palabras.

Corre á toda velocidad de sus piernas desnudas, y esta carrera aumenta el frío para mí. Voy envuelto en un gabán de pieles; llevo las piernas enrolladas en una manta, propiedad de mi kurumaya. Siento además sobre mis orejas unas segundas orejas de piel con largos pelos. Aquí todos llevan este adorno, hasta los policías y los soldados. Son dos parches lanudos con un agujero en su centro, para que su portador pueda oir aunque sea con cierta sordina. Pero á pesar de tales abrigos, me siento tan desnudo como en una playa al salir del baño.