Es un frío que cae del cielo y surge de la tierra á un mismo tiempo. Un vientecillo sutil parece arremolinarlo en torno á cada persona, para que no quede ninguna parte de su cuerpo sin conocerlo. Al respirar parece que la pulmonía va á colarse hasta lo más hondo del pecho.
Las tiendas están cerradas; no se ve luz en ninguno de los orificios de sus pequeños pisos superiores. Por el centro de la calle, bajo una hilera de grandes focos eléctricos, se deslizan los tranvías, enviándonos el glacial remolino del aire desplazado por su velocidad. También se cruzan con nosotros algunas korumas, cuyos conductores, medio desnudos y sudorosos, saludan al mío con alegres rugidos.
Entro en el teatro con mi «caballo» nipón, que continúa dándome explicaciones á su modo. Es un teatro blanco, grande y frío, hecho de cemento armado como cualquiera de Europa. Lo único que le distingue de los nuestros es su escenario, con plataforma movible. Mientras en una mitad de ella representan los cómicos, en la otra montan los maquinistas las nuevas decoraciones, y de este modo, al terminar el acto, no hay mas que hacerla girar para que aparezca el decorado siguiente y continúe la función.
Están representando un drama escrito en coreano, y los personajes necesitan hablar á toda voz para ser entendidos. Muchos espectadores conversan entre ellos al mismo tiempo que escuchan con expresión distraída.
Voy sabiendo, por las explicaciones de mi acompañante, que la protagonista que dialoga en la escena con un cazador es una mala mujer, deseosa de librarse de su esposo, para lo cual seduce al cazador, que se encargará de matarlo. Añade otros detalles que dan una lejana semejanza á esta obra coreana con uno de los dramas del alemán Hauptmann. Pero á mí me interesa más la gran masa de espectadores que veo abajo desde mi asiento del primer piso.
Todos van vestidos de blanco, con la luenga bata tradicional. Parecen un público de albañiles que aún no se han quitado las blusas del trabajo. Como los asientos no están en hileras fijas, los espectadores forman corrillos, según sus predilecciones y amistades. Algunos boys del café inmediato entran y salen para servir las bebidas que les encargan. Pero el género de mayor consumo es el fuego. Los grupos piden hornillos bien rellenos de carbones ardientes, y el boy coloca en medio del corro el deseado brasero, cobrando en seguida su importe. Algunos del grupo, para recibir el calor directamente, permanecen de espaldas al escenario, y sólo vuelven medio rostro cuando entra un personaje nuevo ó el rumor general les indica que va á ocurrir una peripecia interesante.
Encargo yo también un hornillo al mozo del café, y mis blancos vecinos de asiento, con sus mujeres algo marchitas y de flácidos pechos mal ocultos por un pañuelo de colorines, me agradecen, sonriendo, esta excelente idea. Pero ni con el auxilio del fuego puedo permanecer en este teatro, oyendo un drama que nunca llegaré á entender y aguantando un frío que me obliga á colocar las manos junto á las brasas. A la media hora me vuelvo al Gran Hotel de Chosen, atraído por la seductora tibieza de sus habitaciones.
En la noche siguiente asisto á una representación de bailes coreanos. La orquesta la forman hombres barbudos, que tañen sus instrumentos con gravedad, como si realizasen una función patriótica.
Un joven que ha viajado por muchas repúblicas americanas de lengua española, para ensalzar los progresos de la dominación japonesa en este país, y que yo me imagino á sueldo del gobernador de Corea, nos da primeramente una conferencia en inglés sobre el baile y la música coreana. Lo más interesante para nosotros es conocer el «argumento» de los bailes que vamos á presenciar, pues todos ellos consisten en fábulas dramáticas, expresadas por la danza y la mímica.
El primer baile es la historia de una viuda enamorada de un bonzo, santo varón que no quiere prestarse á sus impúdicos deseos. Esta novela bailada, que recuerda tantas novelas escritas, debe ser muy interesante.