Empieza á sonar la orquesta, compuesta de violines de una sola cuerda, guitarras de largo mástil, timbales y un gong enorme. La viuda sale bailando lentamente de los bastidores. Estas coreanas son menos exiguas de estatura que las japonesas; hay en ellas un poquito más de material femenino. La danzarina lleva una vestidura parda, de luengas mangas que casi tocan el suelo. Gira por el escenario moviendo los brazos y la cabeza, y cuando va transcurrido mucho tiempo sin otra novedad, avanza el músico del gong y lo coloca cerca de ella.
La viuda da vueltas alrededor del metálico redondel, como si éste la atrajese. Luego lo golpea con las puntas de sus mangas, y así se entretiene varios minutos. ¿Cuándo saldrá el bonzo?... Después ya no da con sus mangas al gigantesco cuenco. Lo aporrea con ambos puños, mostrando un frenesí creciente, hasta que, vencida por el estruendo y por su propia excitación, cae al suelo. El público, que está en el secreto, aplaude, la artista se levanta, saluda y desaparece. Ha terminado el baile.
¿Y el bonzo?... El hombre de Dios no sale. Este baile es simbólico, y en ello estriba su mérito. La bailarina ha relatado la historia entera con sus pies, con sus manos, y sobre todo con sus mangas.
Nos cuenta el conferencista la fábula de otro baile que vamos á presenciar. Es la historia de un guerrero celoso de su general porque raptó á su amante. El guerrero consigue sublevar á todo el ejército contra su caudillo; hay batalla, mata á su rival, lo proclaman rey, y después de esto todavía realiza un sinnúmero de cosas que no puedo recordar.
Como ya estoy en pleno simbolismo coreano, espero que una sola bailarina representará con sus gestos al guerrero, al general, á un ejército de varios miles de hombres, al pueblo que aclama al nuevo monarca, etcétera. Pero los organizadores de la representación se han lanzado á hacer gastos extraordinarios por darnos gusto, y en vez de una bailarina veo aparecer dos, con casquetes dorados y unas espaditas de á palmo en sus diestras.
Bailan y bailan con diferentes ritmos. Luego hacen gestos, primeramente de pie y á continuación sentadas, una frente á otra. Chocan sus espaditas, corren, y de pronto saludan y se retiran. Ya está contada la historia, sin que hayamos perdido un solo episodio de ella.
No oso reirme de los bailes coreanos. Temo que á un empresario se le ocurra llevarlos á París con un conferencista joven que explique sus simbolismos en relación con los cánones de la nueva estética. Las damas snobs, siempre al acecho de la última moda, pondrán los ojos en blanco al hablar de ellos, y no faltará quien escriba artículos y hasta libros sobre las sublimidades de un arte incomprensible para los miserables burgueses.
Paso un día corriendo la capital de Corea. En sus vías comerciales encuentro la confusión de tipos y razas que ya había notado en la puerta del hotel el día de mi llegada. Juntos con los hombres del país circulan chinos, mogoles y rusos. Pero los japoneses se han apoderado de la vida de la ciudad, lo mismo que en el campo tomaron posesión de las mejores tierras. Los dueños de los comercios de lujo, los obreros que trabajan en las calles, los kurumayas, todos son japoneses. Ningún coreano se gana la vida tirando de un cochecillo. Tal vez no le darían el permiso necesario para ejercer tal industria. Además, los kurumayas, como signo de su origen superior, llevan una gorra con insignias doradas, á estilo japonés.
Muchos personajes de camisa blanca se han colocado bajo la chisterita con funda de hule una toca, que les cubre desde la mitad de la frente hasta la nuca, y lleva en torno una franja de crines recortadas. Por en medio de la muchedumbre de súbditos resignados pasan en sus korumas y automóviles los altos funcionarios japoneses, con levita y sombrero de copa alta, ó los militares á caballo.
Visito el antiguo y múltiple palacio de los reyes de Corea. A pesar de su abandono, guarda la majestad melancólica de todo lo decaído que fué grande. Quedan fragmentos de la ancha muralla que lo defendía, con sus puertas monumentales. Los diversos pabellones ocupan pequeñas alturas. Al final de sus graderíos de piedra las columnatas de laca roja sostienen techumbres cóncavas de tejas amarillas, por cuyos filos marchan procesiones de monos de bronce y dragones quiméricos.