En un extremo del palacio está el museo coreano, que guarda objetos de las remotas dinastías, cuando la historia del país aún era obscura y confusa. En los edificios que forman su parte central hay una sala de recepciones, de techo altísimo, que deslumbra por la diversidad de sus colores y sus oros. Aquí se conserva el trono de los antiguos soberanos. Detrás de él cubre el muro un riquísimo tapiz de seda con bordados que representan dos faisanes de plumaje multicolor. Esta pareja de aves, hermosas como el arco iris, fueron las bestias heráldicas del reino de la Mañana Tranquila, lo mismo que un par de dragones invertidos simbolizaron siempre al Imperio chino.
Quiero ver el salón donde los japoneses dieron muerte á la reina, y los diversos guías á quienes me dirijo, asombrosos políglotas hasta momentos antes, pierden de pronto el don de lenguas y hasta el oído. No me escuchan, y si insisto no me entienden. Ninguno sabe á qué reina me refiero.
Entro en los jardines del palacio real para conocer su famoso Comedor de Verano. Es un edificio de dos pisos, sin paredes, compuesto únicamente de columnatas y un techo con amplios y elegantes aleros. Este comedor se halla en el centro de un lago y se llega á él por un puente de mármol.
El lago está helado, profundamente helado, con una congelación que llega hasta su fondo, y un enjambre de chicuelos japoneses patina sobre él, dando gritos de triunfo. No miran á los pequeños coreanos que se agrupan en las orillas; muestran la ceguera orgullosa de los hijos de los vencedores, siempre más presuntuosos y crueles que sus padres.
Un acto de bárbara vanidad indigna á todos los viajeros de buen gusto. El gobierno japonés de Corea disponía de numerosos terrenos en la capital, para construir un palacio que albergase al gobernador y sus oficinas principales. Pero los vencedores mostraron empeño en levantar este edificio sobre un patio de la antigua vivienda de los reyes, é imitando torpemente la arquitectura norteamericana han elevado una mala copia del Capitolio de Wáshington, hecha en cemento armado, que aplasta con su masa estúpida los delicados y ligeros pabellones del viejo palacio de la monarquía coreana y los oculta á los ojos del visitante, impidiendo que aprecie su conjunto.
Después de haber visto, lejos de Seul, el famoso «Buda Blanco», imagen enorme esculpida en el corte marmóreo de una montaña, me llevan á visitar la puerta más reciente de la ciudad, un arco de ladrillo y piedra sin ningún valor artístico. Pero esta obra conmemora la independencia de Corea, hace veintiocho años, cuando la libertaron los japoneses de la «tiranía china» para apoderarse luego de ella en absoluto.
Es lugar interesante á causa de la gran afluencia de gentes que pasa por él, y me hace recordar ciertas afueras de Madrid. Numerosos carretones de traperos, con la «busca» juntada en la ciudad, la llevan á los depósitos de inmundicias situados en los campos inmediatos. Los bueyes tiran solos. La yunta es considerada aquí como un lujo y sólo se emplea en vehículos enormes. Otros bueyes de poca alzada llevan cargas al lomo, como las mulas, ó van montados, cual si fuesen caballos, por jinetes de túnica blanca, sombrero de clown y larga pipa. Las mujeres cubren sus aceitosos pelos con un gorro negro de cuartel. Algunos mogoles y manchures, bohemios del desierto, con un perfil picudo de ave de presa, pasan al trote de sus caballitos en perpetua rabia, que muerden el freno arrojando espuma.
De aquí arranca el camino para Pekín. Antes de que se terminase el ferrocarril á la China salían diariamente de esta puerta numerosas caravanas. Ahora todavía se forman, de vez en cuando, luengas filas de mulos y bueyes, que marchan con lento paso hacia la maravillosa urbe, situada para los antiguos coreanos en los últimos confines de la tierra.
Para llegar á Pekín desde esta puerta hay sesenta días de marcha, sesenta jornadas abundantes en privaciones y peligros, á través de tierras poco seguras y de un extremo del inclemente desierto de Gobi. Los blancos, al poder utilizar los diabólicos inventos de nuestros países, hacemos el viaje con más rapidez.
A los tres días de haber llegado á Seul salgo para la Manchuria y la China. Vuelvo á ver desde el vagón los horizontes amplios de Corea, que contrastan con la campiña japonesa, limitada y agradable.