Ríos y lagunas están bajo una gruesa costra de hielo. Los arrozales son láminas de cristal opaco. No se comprende cómo logran los hombres amarillos que el arroz grane en este país de nieve, siendo un producto de las tierras templadas y cálidas.

Sentado á una mesa del vagón-comedor aprecio el rudo contraste entre lo que puedo contemplar desde la ventanilla y lo que me rodea dentro del vehículo.

Comemos á estilo occidental, bebemos Burdeos, y al mismo tiempo, más allá del vidrio en que se apoya uno de mis hombros veo pasar campos nevados, grupos de chozas negras, hombres blancos como espectros, casas de arquitectura china. El criado que nos sirve no es de raza blanca, ni tampoco el cocinero y los demás empleados. Son todos ellos japoneses; pero á estos asiáticos se les encuentra desde la orilla americana del Pacífico, y los consideramos por costumbre como unos amarillos distintos á los otros, como unos parientes por adopción que se han agregado á nuestras civilizaciones.

Al pasar junto á una pequeña ciudad vemos un cortejo nupcial. La novia ocupa un palanquín de colorines rematado por una flor de loto, dorada y balanceante. Detrás marchan los invitados masculinos bajo sombrillas pintadas con ramilletes y dragones. Las damas cierran la marcha sentadas en korumas.

Después de Heijo, ciudad que sigue en importancia á Seul, las montañas son rojas y amarillas. Escasean los arrozales. Los surcos están cubiertos de hielo, y sobre esta blancura uniforme, los caballones, con sus matojos negros, parecen líneas interminables de tinta china.

Empieza á nevar. Al atardecer, todos los campos están cubiertos de nieve reciente y blanquísima. Al ponerse el sol, la llanura y el cielo toman una tonalidad de rosa suave, que hace recordar el color de la sangre anémica. El termómetro marca 14 bajo cero... ¡Y pensar que hace menos de un mes estaba yo en países tropicales, vestido de blanco!

Los coreanos agrupados en las estaciones llevan gorros tártaros y casacas de pieles. Vemos en el campo grandes cortas de árboles, montones de troncos negros por abajo y amerengados en su cúspide. La nieve ya no es granujienta. Parece á la vista pegajosa y compacta, como la albúmina batida.

Corremos en la noche por inmensidades que no podemos ver; oímos títulos de estaciones que nada dicen á nuestra memoria. De tarde en tarde creemos recordar algunos de estos nombres, y evocamos la guerra ruso-japonesa. Sobre estas tierras misteriosas, ocultas en la obscuridad, se mataron miles y miles de hombres hace veintidós años, y el mundo olvidó ya tan espantosa carnicería. Nuevas matanzas humanas han borrado su recuerdo. Y así continuará la historia del hombre, al que llaman el más inteligente de los animales.

En las estaciones hay tártaros y siberianos que ofrecen ricas pieles de bestias cazadas semanas antes. A media noche pasamos un puente y nos detenemos bajo una techumbre enorme. Es Mukden.

No conozco ninguna estación de ferrocarril que despierte tanta curiosidad é interés: ni aun las más célebres de Londres, de Nueva York, de París.