Aquí la travesía durará varios meses. La vida de tierra, con sus exigencias higiénicas, va á prolongarse sobre los desiertos azules del Océano, y un taller enorme de lavado y planchado que funciona en la popa del buque completa nuestra limpieza corporal, entretenida todas las mañanas por cincuenta cuartos de baño.

La ropa sucia pasa á través de un sinnúmero de máquinas, tan ingeniosas como terribles. Sale de ellas blanca, deslumbrante, pero adornada muchas veces por una sucesión de rasgaduras simétricas, que tienen la regularidad de los desperfectos causados mecánicamente, y además con los botones hechos añicos. Pero vamos á pasar dos veces en nuestro viaje la línea ecuatorial, vamos á vivir semanas y semanas en mares y tierras del Trópico, donde hay que usar trajes tan sutiles que parecen fabricados con telarañas blancas, y el sudor obliga á cambiar esta ropa dos ó tres veces al día. Por eso debemos aceptar con agradecimiento el auxilio de unos aparatos que trabajan con más velocidad que el brazo humano, y sufrir pacientemente sus «ropicidios».

Vivo en un camarote amplio, situado en el centro del Franconia. Los hay á docenas más lujosos que el mío en este paquebote donde van tantas gentes ricas. Muchos ostentan sus paredes tapizadas de seda y muebles excesivamente mullidos: una decoración dulzona y tierna de bombonera. Los tabiques de mi celda son simplemente barnizados de blanco, pero tiene unas dimensiones superiores á las normales en las viviendas marítimas, y puedo pasearme por ella en momentos de meditación.

Además, en esta parte del buque gozo de un silencio y una paz conventuales. Dos ventanos redondos y de extraordinaria abertura dan entrada á un doble chorro de luz azul y rojiza, que en alta mar irisa la blancura del camarote, como si fuese el interior de una concha-perla. Cuando el buque queda inmóvil en los puertos, los dos ventanos proyectan en el techo un par de redondeles temblorosos que reflejan el palpitar de las aguas invisibles. A ciertas horas, lo mismo que si fuesen sombras chinescas, atraviesan estos círculos de linterna mágica barquitas negras movidas por remeros liliputienses, reducción óptica de los indígenas que mueven abajo sus lanchas, junto al muro férreo de la nave, y cuyo vocerío de tumulto llega hasta mí.

Entre las dos aberturas tengo una mesa que resulta enorme para un buque, y procede de una oficina de la última cubierta. Una butaca lujosa, arrebatada de un salón, me sirve de asiento de trabajo. En la pared de acero hay una cavidad rectangular que, gracias á unas tablas, se ha convertido en biblioteca.

Me ocupo en instalarme durante los primeros días con la minuciosidad del que ha cambiado de domicilio y no piensa repetir en mucho tiempo tan molesta operación. La celda grande y blanca va á ser mi casa por algunos meses, los más preciosos de mi vida, los más rellenos de acontecimientos, sorpresas é interesantes episodios. Estas paredes tal vez presencien el nacimiento y la formación de un nuevo hombre que reemplazará al que acaba de instalarse entre ellas.

En el curso del viaje abandonaré varias veces el buque, en el Japón, en la China, en las islas oceánicas, en la India, en Egipto, y adivino que al regresar á este camarote sentiré la alegría del que retorna á su verdadera casa después de una vida errante de aventuras y riesgos. Volveré á encontrar en él mis libros, mis papeles, todo lo que traigo conmigo de Europa y me recuerda mi existencia anterior. También saldrán á mi encuentro los ensueños, las quimeras con que habré ido poblando, en los largos y monótonos días de navegación, los rincones de estas cuatro paredes blancas.

Procuro arreglar mi ropa metódicamente, lo que no es empresa fácil. Vamos á ir rebotando de un clima á otro; saltaremos bruscamente de los fríos del Norte al calor de las zonas tropicales, volviendo días después á países de llanuras nevadas. Necesito tener á mano vestidos de todas las estaciones, colocados en buen orden, como los trajes de un actor que ha de cambiar de vestimenta en cada entreacto. Y cuelgo por series, para ser usados dentro del mismo mes, trajes de invierno, de primavera y de verano. Dos gabanes de pieles quedan vecinos á media docena de trajecitos blancos, de tejido tan sutil, que no son mas que un convencionalismo indumentario para no ir con las carnes al aire, como un salvaje.

Un oficial administrativo del buque, Mr. Green, inglés sonriente, grueso de cuerpo, amable de maneras y de carácter regocijado, me enseña un documento interesante. Es el jefe inmediato de los maître d’hotel que dirigen los dos comedores, de todos los criados que sirven las mesas y cuidan los camarotes, del ejército de cocineros y marmitones que preparan la extraordinaria y múltiple nutrición de este pueblo flotante, y además guarda y administra los depósitos de víveres.

En el Franconia comemos seis veces al día. Tres comidas fuertes: el breakfast, desayuno con varios platos, de las ocho á las diez de la mañana; el lunch, almuerzo, á la una de la tarde, y el dinner, la comida solemne, á las siete, en traje de etiqueta. Además tres refrigerios, compuestos de diversas especies comestibles y líquidas: el caldo de las diez de la mañana, con su escolta de cosas sólidas; el té de las cinco de la tarde, con variadas tentaciones de pastelería y confitería, y la cena fiambre de las once de la noche, para los que se quedan á bailar en los salones de la última cubierta.