La invención y perfeccionamiento de la cámara frigorífica han revolucionado la vida del mar. Hoy, los emigrantes amontonados en la proa de un buque gozan de comodidades que no conocieron, hace unas docenas de años, los monarcas más poderosos de la tierra, cuando viajaban en sus yates ó en los acorazados de sus flotas. La conservación de alimentos animales y vegetales, así como la de plantas y flores, es casi perfecta, merced á las diversas y apropiadas gradaciones de temperatura en los depósitos frigoríficos.

Leo la lista que me enseña Mr. Green. Es un resumen de las cantidades de víveres que hemos embarcado en Nueva York.

No puedo examinarla toda, pues resulta interminable; pero me fijo en algunas de dichas cantidades, y creo estar leyendo una página de la famosa novela de Rabelais, una descripción de las gigantescas hazañas gastronómicas de Gargantúa ó Pantagruel.

Llevamos á bordo 50 toneladas de carne de buey, 20 toneladas de cordero y otras tantas de cerdo, 1.000 jamones, 3.000 pollos, 195.000 huevos, 10 toneladas de mantequilla, 100 toneladas de patatas, 90.000 manzanas, 65.000 naranjas, 22.000 grape-fruits, especie de toronja dulceamarga, sin la cual el norteamericano no comprende el placer del desayuno, 54 toneladas de azúcar, 7 toneladas de café, 4 toneladas de te, 6 toneladas de helados americanos de las mejores fábricas de los Estados Unidos, duros y consistentes como el mármol, saturados de perfumes de frutas y flores, iguales á los que compra el público, envueltos en un papel, en los teatros de Nueva York. Además, una máquina especial fabrica para nosotros diariamente una tonelada de hielo, con agua previamente esterilizada.

Me es imposible seguir leyendo. Adivino las magnificencias de las cantidades restantes. En esta casa movible que vagabundea por las soledades marítimas del planeta vivimos y comemos como en los grandes hoteles de Londres y Nueva York. La única diferencia es que aquí comemos más y la mesa ofrece mayor abundancia que en los «Palaces» terrestres.

La primera noche que me pongo el smoking—uniforme indispensable en las comidas—y me siento á una mesa para tres personas (las tres únicas que son de lengua española en todo el pasaje del Franconia), sufro una sorpresa, que en el primer momento casi me parece ofensiva.

Uno de los numerosos platos marcados en la minuta es pollo guisado á no sé qué estilo. Los camareros cumplen su servicio con una rapidez ceremoniosa, y cuando llega el momento de servir el plato indicado se presenta uno de ellos con una gran cazuela de plata, hace una reverencia y levanta la tapadera. Para tres personas... ¡tres pollos enteros! Yo protesto con cierta indignación. ¡Por quién nos han tomado!... Bueno es que sirvan con largueza, pero tanta generosidad casi resulta insultante.

La enorme lista de víveres que me muestra el steward en jefe no es definitiva: sólo representa el mantenimiento de una parte del viaje. En todos los grandes puertos será renovada con especialidades alimenticias del país y víveres iguales, pero frescos.

Recuerdo á Magallanes y sus compañeros en el primer viaje alrededor del mundo.

Explorando las costas de la América del Sur sufrieron grandes tormentas, pero les fué posible renovar sus provisiones comprando á las tribus ribereñas del Brasil pan de cazabe, cerdos pecarís, gallinetas americanas, batatas y plátanos. Pero luego de haber descubierto el famoso estrecho, al desembocar en el Mar Grande que llamaron Pacífico, empezó para ellos la parte más difícil de su viaje. Tres meses y veinte días navegaron por el inmenso Océano sin ver tierra ni probar ningún alimento fresco.