Algo revolotea de pronto ante mis ojos: una mariposa de colores, roja, negra y dorada. Ha volado hasta el buque desde la hermosa tierra que desarrolla ante nosotros su lomo sinuoso y verde, con altos ramilletes de árboles.
Un perfume primaveral se desliza á través de la respiración salada del Atlántico. Es el aliento que nos envía, junto con sus pintados insectos, una costa que por algo recibió su florido nombre.
Nos sorprende la noche ocupados en la contemplación de esta península avanzada de los Estados Unidos. Al amanecer el día siguiente, nuestra curiosidad inquieta de viajeros y la lentitud con que avanza el buque, después de tres días y medio de marcha veloz, nos empujan á todos á las últimas cubiertas.
Vemos una costa, pero ahora es por la proa; y en ella casas, jardines, edificios industriales, las avanzadas de una ciudad importante. Graciosos veleros, dedicados al cabotaje, se deslizan entre nosotros y la orilla, cortando con sus lonas blancas la penumbra azulada del amanecer.
Al aumentar la luz vamos encontrando con los ojos la boca de un puerto, arboladuras de buques sobre sus aguas interiores, una colina junto á su entrada, y en la cumbre de ella un viejo castillo.
El sol que acaba de nacer asoma su disco de oro tierno por detrás de una torre, que lo corta, durante algunos segundos, como una barra de tinta.
Este castillo se llama «El Morro», y el puerto que tenemos enfrente es la Habana.
V
LA ISLA DEL AZÚCAR
Cuba imaginada por un niño.—Los monstruos guardadores de la puerta del Paraíso.—Habana «la Alegre».—Los periódicos y los casinos.—Dinero abundante y pródigamente gastado.—Butacas de teatro á cien pesos por noche.—Los nuevos barrios de la Habana.—Mis habitaciones de «huésped de honor».—Si duermo en ellas, pierdo mi viaje alrededor del mundo.—Los bailes de máscaras del «Franconia».—El coronel vendedor de periódicos.—Mi enfermedad.
En mi niñez, cuando la isla de Cuba era aún tierra española, no podía oir hablar de la Habana sin que me agitase un sentimiento contradictorio de admiración y de terror.