Era para mí el país del azúcar una ciudad encantada, como las de los cuentos infantiles, donde las casan debían ser de caramelo y no había mas que agacharse para comer tierra cristalina y dulce. Además, todos volvían de allá trayendo onzas de oro y hablaban de negritos como los que había yo visto danzar, desnudos y graciosos, en las funciones de teatro. Pero la entrada de este paraíso era estrechísima y la guardaban terribles monstruos, siendo el más carnicero de todos el llamado vómito negro. Muchas veces escuché la noticia de haber muerto en la isla lejana, hermosa y mortífera, personas á las que conocí fuertes y animosas en el momento de partir.

Ahora hace años que desapareció para siempre lo que me infundía enorme terror al pensar en Cuba. En cambio subsiste, cada vez más amplificada por el progreso, la riqueza de la isla que tanto admiré en mis infantiles fantasías.

Los norteamericanos, al ocuparla por algún tiempo, se dedicaron al exterminio del mosquito propagador de la fiebre mortal y al saneamiento de las tierras encharcadas. Luego, los médicos extranjeros y los del país, igualmente notables, han acabado por suprimir las antiguas enfermedades que tan insegura hacían la vida de los viajeros antes de su aclimatación. Hoy, la más grande de las Antillas es país de salubridad regular y constante, y la Habana una de las ciudades más higiénicas de la tierra.

Su prosperidad económica ha ido desarrollándose en proporciones enormes, como su higiene pública. La producción actual de azúcar y tabaco casi dobla la de pasados tiempos. Su riqueza ha resultado algunas veces excesiva y perniciosa, dando origen á reacciones de pobreza, como en otros países jóvenes, de vertiginoso crecimiento.

Si fuese preciso dar un sobrenombre á la capital de Cuba, como los ostentan pueblos y héroes en los poemas homéricos, se la podría llamar Habana «la Alegre». Es una ciudad que sonríe al que llega, sin que pueda decirse con certeza dónde está su sonrisa.

Guarda cierto aspecto andaluz de antigua urbe colonial, construída con arreglo al patrón enviado de Madrid por el Consejo de Indias. La influencia poderosa de la vecina República de los Estados Unidos, las comodidades de su civilización material, no han modificado aún su fisonomía aseñorada y tranquila de país con tradiciones de raza y un pasado histórico.

Los nuevos monumentos en honor de sus héroes que adornan plazas y paseos resultan desiguales artísticamente: unos son dignos de respeto, otros lamentables, como obras de confitería tierna. Los parques recién trazados y los nuevos barrios del ensanche de la ciudad resultan magníficos, y parecen recordar los sucesivos chaparrones de abrumadora riqueza que han caído sobre este país en los últimos treinta años.

La alegría de la Habana, más que en sus paseos, en sus edificaciones y en el movimiento animado de sus calles, hay que buscarla en el carácter de las gentes; en la franqueza de los cubanos, que algunas veces parece excesiva á los extranjeros; en la belleza de sus mujeres, interesantemente pálidas y con enormes ojos.

He estado dos veces en la Habana por breve tiempo, y en ambas visitas, más que la hermosura de la ciudad atrajeron mi atención dos manifestaciones características de su vida pública que no tienen nada semejante en ningún otro país. Los periódicos de la Habana y los casinos de la Habana son algo excepcional.

Un día entero necesité para ir visitando las redacciones de los diarios más importantes, y no pude verlas todas. Unas ocupan enormes casas coloniales que son casi palacios; otras, edificios propios de reciente construcción. Tienen talleres vastísimos y máquinas de múltiple funcionamiento, como los primeros diarios de Nueva York. No existe una diferencia considerable entre los periódicos más célebres de los Estados Unidos y los de la capital de Cuba. Además se publican numerosos magazines y revistas especiales... Y como la población de la isla no llega á tres millones de seres, se pregunta uno dónde están los lectores necesarios para esta prensa, digna por su número, su calidad y su fuerza, de un país de veinticinco ó treinta millones de habitantes.