Las asociaciones de la Habana pueden competir por su lujo con los clubs más célebres de la tierra. El comercio, compuesto casi en su totalidad de españoles, considera obra patriótica la continuación y desenvolvimiento de sus casinos, anteriores á la independencia del país.
Ya están olvidadas las antiguas luchas entre peninsulares y cubanos. Ahora, unos y otros sienten igual interés por la prosperidad de la isla. Además, los hijos de los españoles son cubanos, y dentro de las antiguas sociedades se van confundiendo todos, sin diferencias de origen.
A las organizaciones españolas pertenecen los edificios más grandes y ostentosos de la ciudad. El Círculo de Dependientes de Comercio tiene 40.000 socios, residentes en la Habana. No creo que en Europa ni en los Estados Unidos exista un club tan numeroso.
El Círculo Gallego es un palacio que guarda en su interior uno de los teatros más grandes de la ciudad. El Casino Español, resumen de las aspiraciones de las diversas sociedades hispánicas con título provincial, posee un salón de mármoles diversos traídos de España y de estucos policromos, que parece el salón del trono en un palacio real.
Todas estas sociedades, uniendo lo útil á lo ostentoso, mantienen en los alrededores de la Habana hospitales y sanatorios, instalados con tanta largueza y tales innovaciones, que de muchas partes vienen á estudiarlos como modelos.
Se nota en la Habana, á las pocas horas de vivir en ella, que es ciudad abundante en dinero. Pero otras ciudades revelan igualmente riqueza y no tienen el aspecto atrayente y simpático de ésta. Es que Habana «la Alegre» además de tener dinero lo gasta con una tranquilidad y un descuido rayanos en el derroche. Sus teatros son numerosos y están siempre llenos. Sus cafés y sus bailes nunca carecen de público. Aquí fué donde Caruso y otros cantantes, pagados de un modo inverosímil, obtuvieron sus más altas remuneraciones. En la Ópera de la Habana ha llegado á costar una butaca cien pesos oro por noche. Tan irritante pareció á algunos este despilfarro, que protestaron de él bárbaramente, arrojando una bomba en plena función.
En los escaparates de sus tiendas se ven las telas más caras y ricas. Las mujeres visten con un lujo en apariencia sencillo, para no salirse de las reglas del buen gusto, pero en realidad costosísimo.
Fuera de la Habana, en los nuevos barrios, son cada vez más numerosos los palacetes particulares. La antigua arquitectura española, con el aditamento de las comodidades de la vida norteamericana, es generalmente la de tales edificios. La jardinería del Trópico da una nota de originalidad á estas construcciones, que recuerdan á la vez los patios de Sevilla y los palacios de madera de Long Island.
Para el ciudadano de los Estados Unidos descontento silenciosamente de ciertas leyes de su país, la Habana ofrece un atractivo especial. Es una ciudad á las puertas de su patria, donde no impera el llamado «régimen seco». Le basta tomar un buque en Cayo Hueso, al extremo de la Florida, para vivir horas después en la capital de Cuba, donde hay un bar en cada calle. Aquí no sufre retardos en la satisfacción de sus deseos, ni tiene que absorber bebidas contrahechas ofrecidas en secreto. La embriaguez puede ser franca, libre y continua. Pero como es tierra de dinero abundante, derramado con mano pródiga, los hoteles resultan carísimos, así como los otros gastos de viaje, y sólo los ricos pueden pasar el canal de la Florida para venir á emborracharse bajo la bandera cubana.
Me veo recibido cariñosamente en esta amada ciudad de habla española. El Municipio me ha declarado su huésped, comisionando al escritor Rafael Conte, antiguo amigo mío, para que me dirija y me guarde durante el tiempo que permanezca en la Habana. Simpáticos periodistas de incansable y sonriente preguntar, jóvenes escritores que revelan su talento en las curiosidades literarias y las paradojas de su conversación, me acompañan en mis visitas á las redacciones de los diarios y en los dos banquetes amistosos y sin ceremonia con que soy obsequiado, á mediodía y por la noche.