Presencio la belleza del crepúsculo tropical en una lujosa «villa» de las afueras, donde vive con su esposa el joven conde del Rivero, hijo del célebre fundador de El Diario de la Marina.
Como el Ayuntamiento ha reservado para mí las mejores habitaciones del Hotel Sevilla—el más caro de la ciudad—, mi amigo Conte se esfuerza por convencerme de que debo quedarme en ellas, volviendo al buque en las primeras horas de la mañana siguiente. Sería mal interpretado que prescindiese yo de usar dichas habitaciones después de haber sido declarado «huésped de honor».
A la una de la madrugada discutimos frente al hotel si debo ó no dormir en tierra. Siento un dolor insistente en una pierna, cierta torpeza muscular que hace cada vez más pesados sus movimientos. La necesidad de un pronto descanso me impulsa á admitir las objeciones de mi amigo, pero cuando entro en el hotel para acostarme, tropiezo con un compañero del Franconia.
Es un joven norteamericano, de buenas maneras, un bailarín incansable, que sale del dancing del hotel. En el buque se muestra sobrio; pero aquí, por seguir la rutina de muchos de sus compatriotas y para convencerse de que verdaderamente está en un país libre, se ha embriagado de un modo lastimoso. Me abraza como si viese á un hermano, intenta besarme, enternecido por el encuentro, y me dice que nosotros dos somos los únicos del Franconia que estamos en tierra. Todos los otros se fueron á media noche. El buque zarpará al amanecer, y no á las diez de la mañana como se había anunciado.
Corremos al puerto, solitario y silencioso á esta hora avanzada, y el amigo Conte consigue que una lancha del gobierno nos lleve hasta el Franconia, que tiene apagadas la mayor parte de sus luces y parece dormido... Si ocupo mi cama de honor en el hotel, termina mi viaje alrededor del mundo en la primera escala.
Cuando al día siguiente despierto, en mi camarote, el buque está navegando hace ya varias horas. Las costas de Cuba se han esfumado en el horizonte. Nos rodea el hermoso mar de las Antillas, en el cual logra descender la luz á grandes profundidades, dando una claridad dorada á las aguas azules.
Los viajeros, después de haber pasado un día en tierra, parecen encontrar nuevos atractivos á la vida marítima. En la última cubierta juegan grupos de señoritas vestidas de blanco y raqueta en mano, interrumpiendo con risotadas los incidentes de su deporte. Otras empujan discos de madera con una pala, á través de rectángulos trazados con tiza en el suelo. Más allá arrojan anillas de cuerda para que se introduzcan en un espigón, ó pelotas enormes que deben entrar por una manga de red. El suelo se estremece con los galopes de esta juventud de faldas cortas con menudos pliegues, perseguida por otra juventud que usa camisa de cuello abierto y pantalones de franela.
Las señoras hablan del próximo baile de máscaras, el primero de la travesía, que va á ser entre la Habana y Panamá. Cada una guarda el secreto de los disfraces ocultos en sus maletas.
Antes de empezar nuestro viaje, los expertos que lo dirigen, para evitar errores y olvidos, nos han dado una lista de lo que debemos llevar con nosotros, y en ella figuran como artículos indispensables un traje de baño para la gran piscina y varios disfraces para los bailes de máscaras. Esto último es tan importante como dos pares de gafas negras de recambio para los países ardientes que vamos á visitar. Con dos disfraces hay bastante por el momento. Al llegar á los países del Extremo Oriente todos comprarán vestimentas japonesas, chinas ó indostánicas, y los últimos bailes van á ser los más ostentosos y originales.
Entre estas gentes simpáticas, de trato llano, propensas á la risa, y que no necesitan para alegrarse de grandes complicaciones, las hay dispuestas á disfrazarse á todas horas para regocijo de sus compañeros. El día antes de la llegada á Cuba ha sido domingo. En las ciudades de los Estados Unidos el domingo es el día en que se venden más periódicos. Los grandes diarios publican ediciones extraordinarias, de ochenta ó cien páginas, con novelas completas y resúmenes de todas las materias que pueden interesar á cada lector. Desde el amanecer, los vendedores vocean en las calles la enorme edición dominical.