Tan enormes penalidades en el cruzamiento del istmo atrajeron la atención de inteligentes españoles de aquella época, haciéndoles trazar proyectos para un nuevo paso interoceánico, que fueron presentados á la corte de España. En estos proyectos, la apertura del istmo de Panamá era casi igual á la forma que tiene actualmente. Aprovechaban el curso del río Chagres, cortando luego la cordillera en los mismos sitios escogidos por los ingenieros modernos. Los estudios de los españoles á principios del siglo XVI han servido indudablemente de base á los que acometieron la obra á fines del siglo XIX.

La España de aquella época, abrumada por una grandeza fatal, teniendo que atender al gobierno de medio mundo, no podía acometer una obra tan gigantesca, solamente posible con el auxilio de los progresos industriales de nuestro tiempo. Pero escritores de entonces, como Gomara y otros tratadistas de América, la creyeron factible, afirmando jactanciosamente que un rey de España tenía riquezas y poder de sobra para atreverse á empresas todavía más difíciles. En aquellos años de continuos descubrimientos y maravillosas conquistas, que vieron á muchos soldados obscuros apoderarse de reinos enormes, todo parecía hacedero.

Durante tres siglos de dominación española, la rica ciudad de Panamá fué el centro distribuidor de lo que hoy se llama América del Sur. Las flotas de España desembarcaban sus cargamentos en Portobelo, y á través del istmo pasaban éstos á Panamá, residencia de los altos empleados de la Hacienda española. De Panamá salían expediciones para el Perú, alto y bajo; para Chile; para Tucumán y Córdoba, en lo que es hoy República Argentina y las expediciones de vuelta desde los citados países á la metrópoli seguían el mismo camino.

Tanta era la importancia de la ciudad de Panamá, que los piratas ingleses y franceses, guarecidos en el mar de las Antillas para robar las posesiones españolas, hicieron una expedición contra ella, capitaneados por Morgan, famoso bandido del mar, al que ennobleció luego Inglaterra. En aquellos siglos la política inglesa no fué un modelo de lealtad. Los reyes de Londres ajustaron repetidas veces tratados de paz con los reyes de Madrid, y al mismo tiempo dejaban que muchos aventureros de su país se dedicasen á la profesión de piratas, saqueando las ciudades españolas de América, indefensas ó descuidadas. Y si no caían prisioneros y eran ahorcados, les daba títulos nobiliarios y puestos públicos al volver á Inglaterra cargados de riquezas.

A cierta distancia de la ciudad de Panamá existen las ruinas de la vieja Panamá, robada é incendiada por los filibusteros que pasaron el istmo, dirigidos por Morgan. Estas ruinas ofrecen hoy un aspecto interesante, pues las ha embellecido la extraordinaria vegetación del Trópico, cubriéndolas en parte con su follaje. Las más de las casas del antiguo Panamá eran de madera, y desaparecieron completamente; pero la catedral y los edificios del gobierno, por ser de mampostería, sobrevivieron al incendio. Entre las murallas todavía en pie de los caserones que en otros siglos guardaron las remesas de oro del Perú y de Chile, en espera de la flota real, han crecido ramajes gigantescos, como sólo pueden verse en estas tierras. La torre de la catedral, tapizada de plantas trepadoras, recuerda las eternas ruinas que sirvieron de escenario á tantos episodios de la literatura romántica.

He visto los restos de Panamá la Vieja á la hora más favorable para estas visitas. Acababa de cerrar la noche. Árboles enormes extendían sus masas, como borrones de tinta, sobre la lámina celeste acribillada de puntos de luz. Los faros de nuestro automóvil subieron y bajaron, abarcando en sus mangas luminosas los restos de la antigua ciudad española. Así vimos surgir del misterio de la noche, con un resplandor purpúreo de incendio, el campanario de la derruída catedral y las murallas todavía en pie de las casas del gobierno. Antes había visto á la luz del sol la actual ciudad de Panamá, la que fundaron los españoles en sitio más favorable para la defensa, después del saqueo de los piratas, y que es hoy capital de la joven República que lleva su nombre.

En las primeras horas de la tarde se detiene el Franconia en las esclusas de Pedro Miguel. Los pasajeros van á descender aquí para visitar la ciudad y las poblaciones recientemente creadas en la zona interoceánica.

Horas antes ha subido al buque un joven colombiano que es intérprete español de las oficinas del canal. Las autoridades norteamericanas tienen expertos en todos los idiomas del mundo civilizado, y los envían á los buques que pasan, para comodidad de capitanes y pasajeros. Este intérprete viene á saludarme en nombre del gobernador americano del canal, y con él llegan otros empleados nacidos en los Estados Unidos, pero aficionados á la lectura de libros en español, que desean conocerme personalmente. Me dicen que en las esclusas van á recibirme una comisión enviada por el gobierno de Panamá y un grupo numeroso de españoles. Además, el presidente de la República me espera en su palacio á la hora del té.

Escucho estas noticias medio tendido en un sillón de cubierta. ¡Cómo moverme, con una pierna que no obedece á mi voluntad!... Pero en Pedro Miguel, donde empiezan á descender los pasajeros del Franconia, veo muchos señores que me aguardan y también á lo lejos, en la tierra firme, varios automóviles adornados con banderas de España y de Panamá. Pienso que tal vez no podré volver nunca á esta tierra, tan hermosa por su vegetación, tan interesante por sus recuerdos históricos, y sentiré remordimiento de no haberla visitado á causa de una enfermedad olvidada ya entonces.

Miro mi pierna como á un enemigo que necesito vencer. Debo bajar á tierra, como los otros pasajeros, que no pueden sentir por Panamá el mismo interés que yo. Desciendo del buque en andas, lo mismo que una imagen de procesión, sentado en una silla de junco sostenida por dos gruesos bambús. Estos bambús los apoyan en sus hombros cuatro camareros ingleses. Así me llevan por las pasarelas de las esclusas hasta los automóviles embanderados.