Emprendemos la marcha, formando una larga comitiva de vehículos, y la novedad y variedad de las impresiones que voy recibiendo me hacen olvidar mis torturas físicas. Los caminos de Panamá se hallan tan bien cuidados, que puede correrse por ellos como en una avenida asfaltada. Pasamos por barrios que habitan los negros empleados en el canal. Sus casas son á modo de grandes jaulas. Tienen enormes aberturas para su refrescamiento por medio del aire, con cierres de tela metálica que las defienden de los insectos.

Dentro de la capital llama inmediatamente mi atención la limpieza y regularidad de su pavimento. Es de ladrillos rojos puestos de canto, duros como la piedra, cristalizados, sin que un tránsito continuo cause en ellos desgastes visibles.

Panamá guarda un aspecto de antigua colonia española, pero elegante, aristocrático. Fué una ciudad de ricos comerciantes, con sucursales en Lima y otros mercados de la América del Sur; de oidores y altos empleados de la Península. Los edificios algo antiguos tienen balcones de madera de gran vuelo, que son á modo de salones adosados á las casas, pues en ellos pasaban las señoras la mayor parte del día y recibían sus visitas. La catedral hace recordar los templos andaluces. La antigua muralla, empleada como paseo en su parte alta, atestigua que Panamá tiene varios siglos y una historia propia.

El palacio del presidente de la República es pequeño, pero está situado frente á uno de los puntos de vista más hermosos que puede ofrecer el Pacífico. Su construcción ofrece una mezcla interesante. Tiene algo de árabe, como recuerdo de la madre España, y mucho de un estilo que pudiera llamarse panameño. El patio central del edificio brilla con suave resplandor, semejante á la luz nacarada de los bajos fondos del Océano en las horas meridianas, cuando la luz solar desciende verticalmente. Columnas, arcos y muros están hechos de pequeños fragmentos de concha-perla. No hay que olvidar que el famoso Archipiélago de las Perlas, tan mencionado en la historia de América, está á pocos kilómetros de aquí, en el golfo que tiende su curva ante el palacio, y cuyas aguas azules cortan el arco de su puerta.

En el centro del patio hay una fuente también de nácar, y en ella varias muestras de la fauna nacional. Sumidas en el agua veo algunas tortugas, de las que dan la fina concha llamada carey. Dos garzas domesticadas permanecen inmóviles y pensativas en el borde del tazón, como dos ibis empequeñecidos.

Me recibe el Presidente con una cortesía familiar y aseñorada al mismo tiempo. Es el doctor Belisario Porras, hombre de gran experiencia política, que ha escrito además con galanura estudios interesantes sobre la historia moderna de su país. Me anima cariñosamente á subir al último piso, desde cuya terraza se goza una vista muy interesante de la ciudad y el golfo. En los frescos salones inmediatos á dicha terraza es donde se reunen las señoras á la hora del té, en esta tierra tropical. Me ofrece su brazo y poco á poco voy realizando la penosa ascensión.

Encuentro arriba elegantes damas norteamericanas, esposas ó hijas de los altos empleados del canal y de los jefes y oficiales de su guarnición. Mezcladas con ellas hay numerosas señoras de Panamá, que guardan en su hermosura y en la gracia de palabras y ademanes mucho del origen español de sus abuelas.

Desde esta altura me va explicando y señalando el Presidente todo lo notable que lleva hecho la joven República de Panamá, absteniéndose de recordar que es él quien ha tomado las más de tales iniciativas. Veo de lejos y á vista de pájaro lo que luego voy á contemplar de cerca, en un rápido viaje por los alrededores: el gran hospital, único en el mundo, destinado al estudio de las enfermedades tropicales; los diversos edificios dedicados á la enseñanza; el monumento á la gloria de Vasco Núñez de Balboa, que dentro de pocos meses va á ser inaugurado.

Se nota en Panamá un espíritu de imparcialidad histórica, de gratitud al pasado, que extiende su influencia hasta los extranjeros. El gobierno del país elevó espontáneamente este monumento al descubridor del Pacífico. Los norteamericanos, al crear en su zona una ciudad paralela á la de Panamá, la han dado el nombre de Balboa. Una de las plazas más hermosas de la capital se llama de España, y se alza en el centro de ella la estatua de Cervantes.

El presidente Porras, tal vez por ser escritor, tiene en torno de él, como colaboradores políticos, á muchos jóvenes dedicados á las Letras. Bajo su gobierno la instrucción pública se ha ido desarrollando con una rapidez y una amplitud como sólo pueden verse en los Estados Unidos.