Un catedrático, joven y de gran talento, Octavio Méndez Pereira, es el director de Instrucción pública, que secunda y ejecuta los planes educativos del Presidente. Voy conociendo á varios poetas jóvenes, de un sentimentalismo sincero y con una visión intelectual siempre clara y precisa, que desempeñan igualmente altos cargos públicos.
Apoyado en un bastón y arrastrando la pierna, me despido de la distinguida esposa del Presidente y las damas norteamericanas y panameñas que han venido para conocer al autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis y sólo han visto á una especie de inválido que no puede dar un paso sin pedir apoyo y hacer gestos de dolor.
Sentado otra vez en el automóvil, vuelvo á contemplar las cosas con el optimismo del que descansa unos momentos luego de haber sufrido enervantes dolores.
Fuera de la ciudad me interesa otra vez la flor enorme y roja, abierta como una estrella de fuego, que se destaca sobre el verde infinito de la vegetación. Pregunto cómo se llama á Méndez Pereira, y éste sonríe.
—No sé su nombre científico—dice vacilando—; pero aquí la gente del país la llama... «papo de la reina».
¡Yo que esperaba un nombre dulce y poético!... Luego pienso que el vulgo ha asociado siempre la idea de grandeza con la de majestad real, y por eso, al querer dar nombre á esta flor sanguínea y desmesuradamente abierta, sólo pudo pensar en... la flor de una reina.
Entrada ya la noche, mis compañeros de Letras, que son directores generales, subsecretarios de ministerio ó desempeñan otros altos empleos en esta pequeña y tranquila República, presidida por un escritor, me llevan á comer al club principal de la ciudad.
Este hermoso edificio tiene por un lado las antiguas murallas españolas y en su fachada opuesta los balconajes dan sobre el maravilloso espectáculo del golfo. La comida es suntuosa. La gente rica de Panamá sabe vivir bien por tradición, adoptando además los usos elegantes de los viajeros de todos los países que pasan por su canal.
A los postres, mis nuevos amigos me recitan sus versos, y lo que tal vez resultaría inoportuno y penoso en otros lugares, proporciona aquí un verdadero placer. Al otro lado de la floreada mesa y la baranda de la galería, extiende el Pacífico su obscura y murmurante superficie, poblada de luces de buques y de reflejos serpenteantes de astros. Y en esta penumbra, agitada por el aliento oceánico, que parece traernos la respiración de mundos que viven al otro lado de la tierra, suenan las voces de los poetas expresando sus melancolías amorosas ó su lealtad patriótica; el amor á la mujer pálida, de grandes ojos, aterciopelada y olorosa como la noche del Trópico; la fidelidad á la tierra natal, que cuanto más pequeña es, con más entusiasmo la defendemos.
Cerca de media noche vamos en busca del Franconia, que flota ya en las aguas del Pacífico, á la salida del canal. Corre el automóvil á través de parques públicos, exuberantes como selvas; atravesamos poblaciones limpias, ordenadas, de monótona regularidad, todas ellas con casitas entre jardines, iguales á las que existen en La Florida ó en California. Son los barrios de la ciudad de Balboa. En lo alto de una colina se destaca sobre el firmamento, ocultando con su masa obscura numerosas constelaciones, un edificio que parece interminable, el de las oficinas del gobierno del canal.