La ciudad de Panamá queda topográficamente dentro de las diez millas que se concedieron á los norteamericanos para la defensa de sus obras, pero como era lógico, ha conservado una absoluta independencia. Penetra sin embargo hondamente en dicha zona, y á causa de ello, en una sección de sus afueras, basta caminar unos cuantos metros para haber saltado de la República de Panamá con sus leyes de nación libre y soberana á la República de los Estados Unidos con su legislación federal, discutida y votada en el Capitolio de Wáshington.

En una esquina es delito beber líquidos alcohólicos, y se castiga con severas penas llevar una botella de vino, como si fuese un arma prohibida. En la esquina de enfrente, el comerciante español, chino ó griego, tiene abierta su tienda de bebidas ó su café.

El trabajador norteamericano, el soldado, el marinero, y quién sabe si algunas veces el policía encargado de la observancia de las leyes, no tienen mas que dar unos cuantos pasos fuera de la acera, y al llegar á la acera de enfrente, les es lícito emborracharse hasta caer al suelo, revolcándose en él cuanto quieran con absoluta libertad.

VIII
LAS COSTAS DEL PACÍFICO

Los tres colores del Trópico.—Envidiando á Robinsón.—La madrastra Naturaleza.—Desfile de tortugas.—Las malas costumbres de la guerra.—La «Nao de Acapulco».—Cómo los galeones del virreinato de Méjico atravesaban el Pacífico.—50.000 pares de medias de seda en cada viaje.—El centinela que se durmió en la muralla de Manila y despertó en la plaza Mayor de Méjico.—El protestantismo y el canto.—Temporal frente á Los Ángeles.

Después de Panamá empiezan las navegaciones más extensas del viaje alrededor del mundo.

Cuando lleguemos á Asia, las escalas serán cortas; bastará un par de días para que el buque haga la travesía entre dos puertos célebres. El más viejo de los continentes tiene encima de su costra los grupos más densos de humanidad; pueblos que bullen como colmenas, mares interiores, golfos, estrechos é islas, en cuyas orillas son incontables las ciudades. Aquí estamos en la inmensa soledad del Pacífico, donde las olas deben rodar sobre la superficie de medio planeta para ir de una ribera á otra.

Necesitamos tres navegaciones algo largas, comparadas con las del resto del viaje, para salvar el más extenso de los Océanos; de Panamá á San Francisco ocho días, siguiendo las costas de la América Central, Méjico y California; de San Francisco á las islas de Hawai, archipiélago solitario en mitad del Pacífico, seis días; y desde ellas al Japón, diez.

Al salir de Panamá, la serena y luminosa esplendidez del Pacífico tropical nos envuelve durante una semana. El mundo parece tricromo, como si no existiesen en él otros colores que el azul, el verde y el blanco. El cielo es eternamente azul; las aguas de un verde dorado y clarísimo, que mantiene su transparencia á enormes profundidades; las crestas de las olas, al levantarse como cascadas invertidas en los arrecifes de las islas, tienen, lo mismo que las nubes, una blancura inmaculada, que parece de los primeros días del planeta, cuando la vida animal aún no había contaminado la pureza de los primitivos ensayos de la creación. Las costas de la tierra firme y las islas de graciosos nombres españoles, inventados por los navegantes del descubrimiento, no añaden ningún color nuevo. Todas son verdes como el mar, pero de un verde más obscuro, semejante al de los óxidos metálicos.

El suelo desaparece bajo la arrolladora vegetación. Lianas y matorrales luchan trabando sus brazos retorcidos, y por encima de esta selva en muda batalla, cortan el aire graciosos y aéreos ramilletes de palmeras y cocoteros. En la orilla, cabos é islotes están festoneados con una doble fila de plátanos.