Muchos, al contemplar acodados en la cubierta esta Naturaleza libre, en la que solamente muy de tarde en tarde alcanzamos á ver con los anteojos marítimos alguna hormiga de paso vertical, que es un hombre, sienten deseos envidiosos de repetir la aventura de Robinsón. ¡Qué felicidad vivir en una de estas islas que ignoran el invierno, donde los árboles dan espontáneamente sus frutos alimenticios de azucarada pulpa, y el agua cristalina se pierde cayendo por el acantilado en hilos de plata!... Ricas damas acostumbradas á todos los refinamientos de la civilización se sienten de pronto con un alma primitiva, y fantasean sobre la poética existencia que puede llevarse en estos lugares esplendorosos, saboreando las ventajas de un salvajismo dulce.

Yo que he vivido en terrenos desiertos de América, sufriendo las penalidades del colonizador, quiebro con mi pesimismo tales ilusiones. Sé por experiencia que la Naturaleza sólo es madre cuando el hombre la ha vencido y esclavizado, haciéndola saber que existe. Donde los humanos no la pisotearon en masa durante siglos y no la golpean y desgarran todos los años con millares de brazos y de máquinas, es una madrastra que nos ignora y nos abruma bajo sus exuberancias crueles, más aún que á los seres inferiores, mejor preparados para amoldarse á sus asperezas.

Dejo de contemplar las islas de lujuriante vegetación. Prefiero el espectáculo del mar con la fauna innúmera que hierve en sus entrañas. En el Pacífico puede uno persuadirse, por observación directa, de que la vida marítima es infinitamente superior en intensidad á la terrestre. Como toda vida empezó á formarse en el mar y procede de él, es en los Océanos donde queda más numerosa y latente. Los que, acostumbrándonos al mar flúido de la atmósfera trepamos por las sinuosidades de la corteza terrestre recién enfriada, fuimos menos numerosos que los que permanecieron para siempre á nuestras espaldas, no queriendo abandonar el elemento originario.

En los mares de Europa, devastados por una pesca excesiva y empobrecidos por la aridez creciente de sus fondos, resulta difícil convencerse de la posibilidad de esta hipótesis científica. En el Pacífico tropical, frente á las costas de la América del Centro, el agua parece hervir con el chisporroteo de las bandas de peces que huyen ante la proa del buque. Algunos, al saltar fuera del agua, dan varias vueltas en el aire, muestran su panza blanca, y se dejan caer cómicamente de costado, con una gracia de payaso torpe.

Durante las horas meridianas, van desfilando sobre la llanura verde y dorada, con la tranquilidad que proporciona la ignorancia del peligro, largas hileras de tortugas. Son enormes y llevan á flor de agua su duro escudo de carey, isla flotante en la que vienen á descansar las aves marinas vagabundas, mientras por abajo mueven sus patas rugosas de lagarto y su cabeza de serpiente tonta.

Atraídos por la novedad de estos blancos, el comandante y los oficiales que están en el puente empiezan á tirar sobre ellas con pistolas y carabinas. Muchas damas americanas pertenecientes á sociedades protectoras de animales protestan con indignación, y al poco rato cesa el tiroteo.

Esta carnicería inútil es una consecuencia de la guerra reciente. En el Franconia, desde el primer jefe al último camarero, todos llevan en el pecho condecoraciones militares. Se han batido sobre el mar en navíos de combate, ó han arrostrado en buques mercantes el torpedazo mortal durante cinco años. El criado que me sirve á la mesa naufragó dos veces por haber echado á pique los submarinos alemanes los barcos en que iba. Los más de sus camaradas pueden contar aventuras semejantes. Acaban de atravesar un período de la historia humana en que el hombre daba caza al hombre, lo mismo que en los tiempos prehistóricos, y matar era función diaria y natural. Y en este Océano tranquilo, luminoso, dulce, al ver junto á los costados del buque el confiado desfile de unos animales enormes y pacíficos, lo primero que se les ocurre es echar mano á sus armas de fuego, por la satisfacción vanidosa de comprobar y lucir sus habilidades de tirador.

Cuando cesan los disparos, vuelven las tortugas á continuar su viaje por las dos bandas del buque, con la tenacidad de las hormigas que reanudan su procesión después de la pisada catastrófica del viandante. El Océano refleja el cielo como un espejo de suave color de turquesa, y repite en su fondo las nubes del horizonte cual si fuesen leves empañamientos de su cristal.

Para acortar la navegación nos separamos de tierra, y durante unos días sólo vemos mar y cielo en torno del buque; pero sabemos que vamos navegando ante Costa Rica, Nicaragua, Honduras y Guatemala, á más de cien millas de su litoral.

He cesado de sufrir la cosquilla ardiente de los rayos violeta, que parecen freir la carne. Ya puedo marchar por todo el buque apoyado en un bastón. El nudo ciático se ha deshecho y la pierna recobra poco á poco su funcionamiento normal. La vida vuelve á parecerme interesante.