Una mañana surgen montañas ante la proa. Son las costas de Méjico. La tierra sale á nuestro encuentro, y vamos á seguirla, con ligeros eclipses, hasta California. Va pasando por el costado de estribor una sierra altísima, que aún parece más enorme al descender directamente al mar sin que nada la encubra. En su ribera se alzan sobre las aguas dos montañitas redondas y graciosas, como dos pechos femeninos. Deben ser de gran altura, y sin embargo parecen algo pueril y frágil, dos juguetes, en comparación con la cordillera que se yergue detrás cubriendo gran parte del cielo.

En una de estas montañitas hay un mástil de telegrafía inalámbrica. En la cumbre de la otra, un viejo castillo. Es Acapulco.

Este nombre sólo significará para muchos lectores el de un modesto puerto mejicano, si es que lo han oído alguna vez. Tal ignorancia nada tiene de extraordinaria, pues la gran mayoría de los españoles cultos también se hallan en el mismo caso. Y sin embargo, durante tres siglos Acapulco fué uno de los puertos más importantes de la colonización española, y la llamada «Nao de Acapulco» el servicio marítimo más regular, más extenso y audaz que existía en el mundo.

Sabido es que Magallanes, después de encontrar el paso que lleva su nombre, buscó al lanzarse en el Pacífico el famoso archipiélago titulado de la Especiería, á causa de sus abundantes especias: el llamado «Maluco» por los geógrafos de entonces, ó sea las actuales Molucas, propiedad de los holandeses. En aquellos tiempos eran los portugueses los que explotaban dichas islas, pero Carlos V envió la expedición de Magallanes porque éste y su camarada el cosmógrafo Rui Falero le hicieron ver que el Maluco correspondía á sus dominios, á causa de haberse trasladado, de acuerdo con Portugal, trescientas leguas hacia Occidente la antigua línea de demarcación trazada por el Papa de arriba á abajo del planeta, dividiendo los nuevos descubrimientos entre portugueses á Oriente y españoles á Occidente.

Pero Magallanes murió combatiendo á un reyezuelo de una de las islas que después fueron llamadas Filipinas, sus principales capitanes perecieron asesinados á traición en un banquete de otro reyezuelo, y el último buque de la flota, bajo el mando de Sebastián del Cano, tuvo que volverse á España, dando vuelta á toda la redondez del planeta por primera vez en la historia humana, pero sin haber tomado posesión del Maluco.

Años después, Legazpi cimentó y organizó la conquista de Filipinas, y aunque España no fué dueña nunca de las islas de las Especias, pudo establecer cerca de ellas un mercado para su adquisición, que fué Manila. Entonces empezó la importancia interoceánica del puerto de Acapulco. Las naves españolas no podían hacer un tráfico regular con Filipinas siguiendo todo el contorno de África y de Asia. Tampoco resultaba comercial repetir la hazaña de Magallanes pasando por el estrecho que lleva su nombre. Esta navegación, que exigía años, sólo podía realizarla entonces un descubridor ó un pirata. Era preciso acortar el camino con la colonia oceánica, y el gobierno de Madrid se aprovechó de la comunicación que tenía establecida con Méjico, prolongándola á través del Pacífico.

Los primeros galeones para Manila salieron del Perú porque los vientos normales favorecían la navegación desde el Callao; pero en cambio, el viaje de vuelta resultaba difícil por ser los vientos contrarios. La ruta fué modificada, y estos galeones se trasladaron al virreinato de Méjico, saliendo del puerto de Acapulco por resultar más favorables las corrientes atmosféricas del hemisferio Norte, á la ida y á la vuelta.

El gobierno y los comerciantes de la metrópoli enviaban sus pliegos oficiales y sus órdenes de compra á Méjico, y el correo, atravesando el país de Este á Oeste—lo que no era siempre fácil, pues abundaban los bandoleros y las partidas de indios bravos—, lo llevaba todo al puerto de Acapulco, en el Pacífico. Allí encontraba á la famosa «Nao», que solía ser un buque de los más grandes de su época: un galeón de 1.500 toneladas, algo extraordinario, como un dreadnaught ó un trasatlántico gigantesco de nuestra época.

El virrey de Méjico tenía á sus órdenes dos ó tres naves de esta especie. Salía un galeón por año para las Filipinas y á veces dos, según las necesidades del comercio.

Poco á poco dejaron de traer especias de la colonia oceánica, pues los portugueses y holandeses se las procuraban á Europa por la ruta de Oriente. Era la China la que abastecía con sus riquezas el mercado de Manila. Más de 20.000 chinos vivían en dicha ciudad como mercaderes, orfebres y tejedores de seda. La famosa «Nao», al llegar procedente de Acapulco, se abarrotaba de telas de la India, muselinas pintadas, mantones bordados, obras de plata, y especialmente de medias de seda. En cada viaje llevaba cuando menos 50.000 pares. La media de seda era en las ricas ciudades de la América española el mayor de los lujos. Las damas de Méjico y de Lima, que se tapaban la cara con la mantilla para aumentar el misterio de sus ojos, llevando al mismo tiempo su hueca falda tan corta como la de una bailadora, solían cambiar de medias tres veces al día.