Sus alrededores ofrecen parques y paseos de una vegetación esplendorosa que parece montada sobre el límite divisorio de la zona tropical y la fría, participando de ambas floras. El llamado «Presidio», que guarda aún su nombre castellano por ser el lugar donde estaba el antiguo fuerte, presidiado por soldados españoles, es un parque frondoso, con árboles casi seculares. Desde sus praderas puede verse en días serenos, á través de las columnatas de troncos, el admirable panorama de la bahía, bordeada de ciudades nuevas, y la Puerta de Oro (Golden Gate), desfiladero marítimo que le sirve de entrada.
Se prolongan los paseos por la costa, frente al mar libre. Sobre los escollos se ven enormes orugas rojizas que son en realidad lobos marinos, viejos, monstruosos, de pesada obesidad. Hasta aquí llegan estos habitantes de los mares fríos en sus excursiones hacia las aguas del Sur.
Como una cuña verde metida entre el Océano y la gran ciudad, se extiende el parque de Golden Gate, uno de los paseos más admirables de América. Numerosos monumentos pueblan con un mundo de figuras metálicas ó marmóreas sus avenidas de verde eterno.
En su parte más céntrica, un fraile de bronce se alza sobre su pedestal con una cruz en la mano. Es el religioso mallorquín Junípero Serra, primer colonizador de la Alta California, que dió á la ciudad el nombre de San Francisco, patrón de su orden.
Frente á él, dos hombres, espada en mano, se arrodillan ante un busto gigantesco que lleva gorguera rizada y barba puntiaguda. Son don Quijote y Sancho haciendo acatamiento al novelista que los creó. Dos vecinos de San Francisco de origen español, antiguos oficiales de Ingenieros que emigraron á California en 1870, don Juan Cebrián y don Ensebio Molera, iniciaron la erección de dicho monumento á la gloria de Cervantes y del primer idioma europeo que se habló en esta tierra, y los californianos que no quieren olvidar el origen de su patria les secundaron en tal empresa.
Lo más original en San Francisco para el viajero que no conoce Asia es visitar su famoso Barrio Chino. Antes del terremoto de 1906, que lo arruinó completamente, el China Town de San Francisco era un lugar misterioso sobre el que se fantaseaba mucho, haciéndolo escenario de dramas y novelas terroríficas. El terremoto dejó descubierto un segundo barrio subterráneo, de habitaciones superpuestas y corredores intrincados: un hormiguero para desorientar al policía más astuto. En realidad, el profundo laberinto servía para ocultar fumaderos de opio y casas de juego, las dos pasiones de los chinos á la antigua.
Hoy, dicho barrio ha sido reconstruído, sin dejar en él nada misterioso. Guarda de su origen la arquitectura graciosa de sus fachadas y la riqueza asiática de sus tiendas. Algunos de sus bazares son tan abundantes y ricos como los de Pekín.
El chino de San Francisco va vestido lo mismo que un norteamericano. La nueva República china, al permitir que sus ciudadanos puedan desprenderse del adorno tradicional de la trenza, facilitó dicha transformación. Las mujeres del China Town aún guardan el antiguo traje con pantalones, porque facilita sin duda sus trabajos domésticos, pero sólo las más ancianas conservan los pies desfigurados y diminutos que he visto luego en el ex Imperio Celeste. En días de fiesta, cuando salen á paseo con su gentleman amarillo y de ojos oblicuos, todas llevan sombrero y abrigo de pieles, y hasta usan grandes anteojos con montura de concha, sin duda porque esto les da cierta semejanza con las profesoras norteamericanas, mandarinas de las letras.
De este barrio salieron muchos jóvenes que hoy son generales y personajes políticos en la República china. Aquí se familiarizaron con las instituciones democráticas de los Estados Unidos, atravesando luego el Pacífico para implantarlas en su país. Sin el China Town de San Francisco no hubiera sido posible que el Imperio más tradicionalista y absoluto de la tierra pasase de un salto á ser República.
Una juventud de chinos inquietos, vestidos á la moda americana, con un estilógrafo en el bolsillo superior de la chaqueta, una insignia en la solapa y el pelo largo y charolado, á estilo de bailarín de dancing, se dedica por la noche, después de las horas de trabajo, á instruir al populacho amarillo.