Hoy es el primer día de Diciembre. Los Ángeles debe tener ya toda su animación invernal, y nosotros estamos frente á ella—á 100 millas de distancia mar adentro—, reflejando con nuestras vacilaciones de muñeco desarticulado los rudos vaivenes que la tormenta hace sufrir al buque. Es como si atravesásemos una tempestad mediterránea á la altura del Casino de Monte-Carlo ó del Paseo de los Ingleses de Niza.

Al salir del golfo de Los Ángeles se va serenando el mar. Un cabo surge en el horizonte llevando sobre su lomo un pequeño pueblo. Es Punta Argüello, primer pedazo de los Estados Unidos que vemos en el Pacífico, y que ostenta un nombre español.

Una antena enorme de telegrafía sin hilos, un andamiaje piramidal á estilo de la Torre Eiffel, se alza sobre el dorso del cabo, y en torno de ella se agrupan varios edificios. Éstos son distintos á los que pudimos ver de tarde en tarde, en ocho días de navegación, frente á las costas centroamericanas y mejicanas: casas de un solo piso, largas y bajas, horizontales, como si se hubiesen tendido en el suelo.

Aquí los edificios son de una verticalidad audaz; todos de varios pisos, con el tejado rojo que parece flamear, y las paredes blancas; el atrevimiento norteamericano unido á la gracia fresca y juvenil de la California.

Empezamos á costear otra civilización, otra manera de apreciar la vida.

IX
EL SECRETO DE LA ESFINGE AZUL

San Francisco y sus bellezas.—El Barrio Chino.—Sus antiguos laberintos subterráneos.—Su aspecto actual.—Influencia de este barrio en la proclamación de la República china.—La propaganda en las calles.—Las farmacias chinas y sus estrafalarios remedios.—El «Franconia» adquiere nueva vida.—Los duendes de mi camarote.—La ola que no va á ninguna parte.—Una isla roja que sólo se deja ver unos minutos.—La esfinge azul y el secreto de sus estremecimientos.—La Atlántida del Pacífico.

Yo he contado en una de mis novelas, La reina Calafia, cómo la gran bahía de San Francisco, después de mantenerse oculta dos siglos para los marinos, se presentó inesperadamente ante los ojos de don Gaspar de Portolá, coronel español de caballería, que la descubrió por la parte de tierra.

La ciudad de San Francisco, nacida en las orillas de esta bahía, que es un pequeño mar interior con varias islas, puede llamarse la capital americana del Pacífico. El canal de Panamá le ha causado algún daño; pero todavía, para los puertos de Asia, es San Francisco el mayor centro de navegación en la orilla de enfrente.

Los que desembarcan en sus muelles sin conocer las audacias de la construcción norteamericana admiran su esplendor. Los que llegan por el Este, habiendo visitado antes otras ciudades de los Estados Unidos, ven en San Francisco una imitación de Nueva York. Pero á pesar de la uniformidad de todas las urbes de la gran República, ésta conserva una fisonomía especial que revela sus orígenes de antigua tierra española y de país de oro al que acudieron hace medio siglo todos los aventureros del mundo.