Perdemos de vista las montañas de Acapulco, y al día siguiente, frente al puerto de Manzanillo, la tierra se aleja de nosotros y queda abierta la boca del profundo golfo de California, que en los primeros años de su descubrimiento por los pilotos al servicio de Hernán Cortés, fué llamado unas veces mar Bermejo y otras mar de Cortés. Es tan enorme la boca del golfo, que tardaremos cerca de un día en pasarla, llegando al otro extremo, ó sea al vértice de la península llamada Baja California.

Navegamos sin vestigio alguno de tierra, como si estuviésemos en alta mar, y durante las primeras horas de la noche se anima el Franconia con las luces extraordinarias, la música, el vocerío y los trajes multicolores de un baile de máscaras, precedido de un desfile por las diversas cubiertas. Es la víspera de una de las fiestas más tradicionales del pueblo norteamericano, el famoso Thanksgiving Day (el Día del Agradecimiento).

En la mañana siguiente vemos el litoral de la Baja California, pero navegamos lejos de él por ser costa sucia, como dicen los marinos, á causa de sus bajos y arrecifes. Bahías, cabos é islotes conservan aún los nombres que les fué dando el piloto Sebastián Vizcaíno, gran explorador de la costa de California y fundador de Monterrey, cerca de San Francisco. Los más son nombres de santos. Eran entonces tan frecuentes los descubrimientos, que los navegantes españoles necesitaban valerse del calendario para rotular las nuevas tierras, escogiendo el nombre del santo del día. Otras veces inventaban el título con arreglo á los adornos naturales del país, á su fauna ó al propio estado de su ánimo. En el fondo del horizonte veo esfumados por la distancia dos grupos de montañas, á las que dió Vizcaíno los títulos que aún conservan: isla de Cedros é isla Bonita.

Por la noche es la verdadera fiesta del Thanksgiving Day, la comida de gala, con gran profusión de banderas, luces y cánticos patrióticos. Luego, en los salones de arriba, estos norteamericanos entusiastas creen que es su deber seguir cantando á coro, y resucitan canciones antiguas ligadas á los episodios de su historia, desde Wáshington á Lincoln.

Todos cantan bien, y cada uno toma, instintivamente, el tono que mejor corresponde á su voz en este conjunto coral. Se nota que han pasado por las escuelas de su país, donde se canta mucho. Los más pertenecen á la religión protestante, que exige el cántico á todos sus fieles. Por algo Lutero fué hábil flautista y muchos apóstoles de la reforma religiosa expertos músicos. También por la misma causa los himnos nacionales de todos los países protestantes tienen la lentitud majestuosa de los salmos.

Hemos salido ya de la zona tropical. Volvemos á buscar los trajes de invierno que llevábamos en Nueva York y empezamos á repeler en Cuba, olvidándolos completamente al llegar á Panamá, como algo quimérico que jamás volveríamos á usar.

El Océano toma un color azul plomizo; el horizonte es denso y gris. En mitad del día consigue el sol perforar las nubes y corta la atmósfera brumosa con un largo triángulo de luz que parece artificial. Las olas rompen contra las murallas del buque, levantando nubes de polvo líquido que durante las breves apariciones solares reflejan en sus facetas las tintas del arco iris.

A pesar de su majestuosa estabilidad, el Franconia danza como un tapón de corcho sobre las aguas lívidas. Vemos lejos á otros buques, que se ocultan de pronto cual si los hubiesen tragado las olas, y vuelven á reaparecer más allá, con saltos de animal asustado, que sacan del mar toda su proa ó muestran el color rojizo de su vientre.

Afrontamos un temporal, poco temible á bordo de un buque como el Franconia, pero molesto para las funciones normales de la vida. Este oleaje tempestuoso es ante un golfo en cuyo remate está la famosa ciudad de Los Ángeles, punto de reunión durante el invierno de las gentes ricas y desocupadas de los Estados Unidos.

Yo que conozco Los Ángeles contemplo el horizonte gris, como si pudiese ver á través de sus brumas la costa californiana, con sus huertos de naranjos y sus enormes hoteles; la isla de Santa Catalina, de inagotable pesca, cuyas barcas tienen un fondo de cristal para sorprender los misterios de los bosques submarinos; las avenidas de la ciudad, compuestas de palacios modernos; los túneles de porcelana brillante que prolongan estas calles á través de las colinas.