Ahora ya no seguimos una costa; vamos á cruzar el más grande de los Océanos, de una ribera á otra, navegando por su desierto azul durante medio mes, sin otra escala que el archipiélago solitario de Hawai.

En la primera noche de esta navegación el buque empieza á moverse con una inquietud que no había mostrado hasta ahora. Ha adquirido una vida nueva y ruidosa. Se retuerce como un animal bajo el empellón continuo del oleaje; suspira, lanza quejidos, silba. El viento muge entre cordajes y mástiles; luego brama, con ecos metálicos en los embudos de los ventiladores y el abismo de la chimenea. Las cosas inanimadas parecen haber poblado su interior con espíritus inquietos. Mi camarote, mudo hasta ahora, cobija en cada rincón blanco un duende que se divierte haciendo chacolotear maderas y hierros, con una estridencia que me enerva y corta mi sueño.

Al día siguiente, este buque que nos parecía grandioso, sólido y estable como una catedral, sigue balanceándose, aporreado por el mar, con una fuerza sorda, disimulada, sin aparato terrorífico. La ola larga hasta perderse de vista y con suaves pendientes pilla al barco por un costado, lo asalta durante su marcha, lo levanta, pasa por debajo de él, abriendo un abismo azul que deja descubierta la curva de su vientre, y se escapa por el lado opuesto.

Es la ola del Pacífico, moviéndose en la inmensidad sin un fin apreciable; la ola que no va á ninguna parte y corre todo el planeta, de un polo á otro, sin levantar espuma, sin hacer ruido, sin chocar con obstáculos, pues las islas oceánicas, olvidadas en sus soledades, son como granos de polvo caídos en un torbellino, como estrellas diseminadas en el firmamento.

Estas olas tienen la energía ciega, el silencio feroz, la inconsciencia sorda de las fuerzas naturales. Pasan junto á nosotros ignorándonos. No conocen al hombre. Son diferentes á la ondulación intensamente salada del Mediterráneo ó á las corrientes acuáticas del Nilo y el Ganges, que arrullaron la cuna de las primeras civilizaciones y las dieron á beber con sus pechos maternales. Es la ola de los primeros tiempos del planeta, cuando aún no había nacido el hombre. Y ahora, en los tiempos modernos, sólo ha visto pequeños grupos humanos, pueblos rudimentarios, acampados en islas que son picachos de volcanes y que aún se hallan en los primeros crecimientos de la infancia.

En días sucesivos, el mar, que es de un gris azulado y metálico, se va iluminando hasta adquirir la claridad esmeraldina de los mares tropicales. El movimiento de las olas disminuye. Hay horas en que el Pacífico parece una llanura, sin otra ondulación que las leves arrugas inevitables en toda inmensidad. Y sin embargo, el buque sigue moviéndose extraordinariamente, sacudido por fuerzas ocultas.

El Océano, en estos días monótonos de navegación, sólo puede ofrecer dos espectáculos: la salida del sol y su ocaso. Un atardecer corremos todos á la proa para contemplar una tierra inesperada. Sabemos que esto no es posible, pues aún estamos lejos de Hawai, pero nuestros ojos parecen repeler la verdad. El ocaso nos perturba y nos engaña con una de sus fantasmagorías prodigiosas.

Frente á la proa, en el fondo del horizonte, se alza una isla de brillante rojo, cual si transparentase un fuego interior. Vemos en ella una ciudad gigantesca, una especie de Nueva York, con altos edificios grises ribeteados de oro vivo. Tendida en lo alto, como si la cobijase, hay una nube larga que se inflama con el mismo resplandor de la ciudad y semeja un dragón de fuego. Con la rapidez casi instantánea de los crepúsculos tropicales, se apaga de pronto la isla y su urbe fantástica, partiéndose en vedijas de vapor que traga el horizonte. El Océano, antes de entregarse á la noche, toma un color de rosa obscuro, un rosa de sangre seca, que parece reflejar vastos bancos de coral ocultos en sus profundidades. Y en esta inmensa llanura purpúrea que se va obscureciendo, las hélices dejan un camino blanco y verde, un surco de esmeralda líquida y de espuma.

Transcurren los días sin que veamos un buque ni una tierra. Creemos vagar sin rumbo por el desierto marino, como si la vida humana hubiese terminado en todo el globo y fuésemos nosotros los únicos supervivientes de la universal catástrofe.

Contemplamos en el mapa la enormidad del Pacífico, que ocupa toda una cara de nuestro planeta. En torno á la inmensa cazuela oceánica existe una cadena circular de volcanes. Por todas partes chimeneas del hervor central: en las costas de las dos Américas, desde la Tierra del Fuego á Alaska; en el archipiélago japonés; en las riberas de la China y las islas oceánicas.