La tierra tiembla frecuentemente en las orillas del Pacífico. Otros temblores, tal vez más grandes, pasan inadvertidos al agitar su lecho submarino, á miles de metros de profundidad. Las islas que emergen de sus llanuras solitarias son conos de fuego en incesante derrame, ó cráteres adormecidos desde los tiempos de su descubrimiento por el hombre, pero que pueden volver á sus vómitos ígneos, pues los siglos valen menos que segundos en la vida telúrica de nuestro planeta.
Este Océano está formado indudablemente por una depresión de la corteza terrestre, que no es uniforme y sólida, sino fragmentaria y flotante, como un mosaico de escorias frías sobre el denso globo de materias ardientes, núcleo de nuestro planeta. Tal vez el encogimiento y la caída de tal costra, hasta formar el fondo actual del Pacífico, dejaron mal soldados sus bordes con los bordes de las costas limítrofes, y las masas de agua que se filtran por tales grietas, deslizándose hasta la gran masa del fuego central, crean gigantescas evaporaciones, cuya explosión origina los frecuentes temblores de sus orillas. ¿Quién pudiera conocer el misterio de este mar, esfinge de cara azul que extiende sus garras de uno á otro polo?... ¿Llegará á adivinarse un día la historia de los pueblos que existieron donde hoy ruedan sus olas; de las montañas que se plegaron en sentido inverso, convirtiéndose al desplomarse en embudos y simas de la profundidad oceánica?...
Porque es indudable que en este Océano, donde ahora se navega semanas y semanas sin ver otra cosa que agua, y las tierras esporádicas son picos de volcanes que ascienden rectamente muchos miles de metros desde el fondo, existieron en otra época masas continentales ó largas cadenas de islas que sirvieron de puentes á los pueblos emigradores de Asia.
La desaparición de una Atlántida es más segura en el Pacífico que en el Atlántico. Los pueblos de Europa no ofrecen ninguna semejanza étnica con los de América. Jamás vinieron tribus del llamado Nuevo Mundo á juntarse con las nuestras en los tiempos prehistóricos. En cambio, resulta asombroso el parecido de muchos indígenas americanos con ciertos pueblos asiáticos.
Después de viajar por Asia, yo que he vivido en diferentes naciones de América no puedo comprender cómo se ha dudado y discutido tantos años sobre el origen remoto de las razas americanas. La pura observación del viajero basta para adquirir el convencimiento de que la mayor parte de los pueblos indígenas de América proceden de Asia.
En el Japón, en la China, en los archipiélagos poblados por la raza malaya, he encontrado la misma sonrisa, los mismos gestos instintivos y no estudiados, iguales miradas, reflejo misterioso del alma, que vi en los campos de la Argentina todavía no invadidos por la emigración blanca, en las muchedumbres mestizas de Chile, y más aún en el numeroso populacho de Méjico.
Hay un tipo de indio americano—especialmente en la América del Norte—, de nariz exageradamente aguileña y cara huesuda y larga de caballo, que no he visto en otra parte y tal vez pueda ser autóctono. Pero los demás indígenas americanos, de color cobrizo, ojos oblicuos y sonrisa que puede llamarse «incomprensible», son remotos descendientes de las emigraciones llegadas de Asia, no sabemos de qué modo, pero indudablemente á través del Pacífico.
Por algo los primeros conquistadores españoles, con ese instinto certero de la ignorancia, que adivina muchas veces por inducción, mejor que el paciente estudio, al explorar ciertas regiones de América apodaron á los indígenas, según su sexo, «el chino» ó «la china».
Y estos nombres aún se usan corrientemente en la actualidad.