Islas perdidas en la inmensidad del Pacífico.—Los redescubrimientos del capitán Cook y el olvido de sus predecesores.—Los pilotos de España conocen Hawai doscientos años antes de la llegada de Cook.—Kamehamea I, «Napoleón de Oceanía».—El amor libre coronado de flores.—Los terribles decretos de la viuda arrepentida.—Los hawaianos pierden el interés de vivir en unas islas regidas por la moral de los blancos.—Maravillosas costas de Hawai.—Las romanzas de un pueblo de músicos.

Cuando se examina la carta de navegar del Océano Pacífico, llama inmediatamente la atención un entrecruzamiento de líneas que cubre su parte superior. Son como los rayos de una rueda, como los filamentos de una telaraña, y el centro de esta periferia de líneas, que significan para los pilotos rumbos de navegación, se halla en el archipiélago de Hawai.

La parte inferior de dicha carta está espolvoreada de puntos, islas diseminadas en la inmensidad oceánica, como las estrellas en el cielo. Arriba, la soledad azul es uniforme y absoluta. En un espacio de miles y miles de millas, sólo se ven unos cuantos puntitos agrupados: el archipiélago de Hawai. Más de 2.000 millas le separan de las costas de América, más de 3.000 de las del Japón, y para llegar hasta los continentes oceánicos de Australia y Nueva Zelandia—las tierras más importantes que tiene al Sur—, es necesario navegar 5.000 millas, cortar los dos trópicos y la línea ecuatorial, avanzando mucho en el otro casquete del globo.

Estas islas solitarias son lugar de obligado descanso para todos los buques que salen de las costas de América, de Asia ó de Australia, y se encuentran en el puerto de Honolulu, el más importante de Hawai. Todas ellas, con sus diversas extensiones, no son mas que remates de montañas volcánicas emergidas del fondo del Océano; cúspides fértiles, por los elementos químicos de su tierra y por la temperatura del Trópico, que descansan sobre un pedestal sumido en el agua 7.000 ú 8.000 metros.

Su hermosura es innegable y deja en los visitantes un recuerdo firme; pero aún parece agrandarse por la relatividad de las circunstancias, pues el viajero llega á ellas después de haber atravesado las monotonías de un océano desierto.

Muchos marinos, al hablar de sus viajes por el Pacífico, exclaman con melancolía:

—¡Ah, Hawai!... ¡El incomparable puerto de Honolulu!...

Actualmente, á pesar de lo rápida que resulta la navegación á vapor y de las comodidades que ofrece un paquebote moderno, la presencia de este archipiélago, después de una semana de travesía solitaria, es acogida con entusiasmo. Hay que imaginarse cómo celebrarían los navegantes á vela, después de varios meses de aislamiento, la aparición de estas islas surgidas en mitad del Pacífico y descritas como un edén de paz y dulces placeres por los que las visitaron antes.

Todos los vapores se dirigen ahora á Honolulu, en la isla Oahu, y esto es lo único que ven los viajeros durante su escala en el archipiélago polinésico. Nosotros, antes de Honolulu, visitamos la isla de Hawai, la mayor de todas y, sin embargo, la menos frecuentada por la navegación regular. En ella están los cráteres más altos de esta tierra volcánica, y el Kilauea, lago de fuego en ebullición, que no tiene nada comparable en todo el mundo conocido.

Este archipiélago fué redescubierto en el siglo XVIII por el famoso capitán Cook. Como los ingleses se dedicaron á los descubrimientos geográficos con más de un siglo de retraso, cuando ya españoles y portugueses habían explorado la redondez del planeta, creyeron oportuno exagerar el valor indiscutible de las navegaciones de Cook, hablando de ellas como si no tuviesen precedente alguno en Oceanía.